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martes, 17 de mayo de 2011

Pregunta:

Hay algo que soltar. Los mechones llenando el lavatorio. Un enojo, una tristeza. Desconcierta la nitidez de los azulejos, el primitivo moho, la esponja naranja. Quiero romper con la cabeza lo que sólo puede absorber el corazón. Y mis manos esperan. Ésos asombrosos adminículos elásticos que tengo a mi disposición, esperan.

Muevo sus misteriosas falanges y las sombras caminan.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Merrie Melodies II

¿Por qué hablar del patio
de las mesas de fórmica
y de las hadas?
¿Qué necesidad hay
de contar otra vez
que el abuelo bailaba con su ceguera
que el verano tenía
tal necesidad de colores
que impuso lamparitas baratas
a sus estrellas?
¿Para qué repetir
que el palo borracho
derramaba las flores de su copa
y manchaba el limpio orgullo
de la Beba?
¿Con qué excusa innecesaria
se desliza el frío en el baño
el golpecito en el pecho muerto
las crías de los gatos
la pierna que falta
y el eco?

Todas esas cosas
que el cosmos creó una vez
y que sólo pueden ser vistas
a la luz del primer asombro

lunes, 19 de julio de 2010

Podría preguntarle a Google

podría preguntarle a Google
por qué el miedo
por qué el deseo
¿por qué nunca puedo
aceptar lo que hay?
acaso no lleva millones de
evoluciones e involuciones
acaso no tiene como eje
al milagro
¿no hace girar
las órbitas
de universos
de hormigas?
¿acaso no hace
crecer y decrecer
soles?

¿no planta dioses y
germina humanos?

miércoles, 14 de julio de 2010

Heterodontus

Ahora se daba cuenta. Su tacto para los sentimientos era muy grueso.
Pretendía sostener diminutas piezas de emoción entre sus dedos de ogro. Pero, ¿qué podía hacer? Lo había dicho con el contradictorio deseo de no decirlo. Demasiado débil. Demasiado tarde.

El llanto ahogado al otro lado de la línea tampoco era buena señal. Lo ponía inevitablemente cerca. Lo paralizaba. Lo hacía recordar todas las veces que había caído en la misma escena y que no podía evitarlo. “No debo volver a decir Heterodontus”, se dictaba como si alguien más estuviera tomando nota.

Pero era inútil. “Heterodontus” volvía.

La primera vez se dio cuenta de que había pronunciado “Heterodontus”, porque temblaba de risa. Recordaba que su jefe –primero porque no le costaba nada y en definitiva porque el ridículo le concernía a otro– lo había festejado ampulosamente. Con un guiño de más ¾ de perfil.

Pero el segundo “Heterodontus” ya no tuvo el mismo efecto. La segunda vez se encontraba en un bar. Era primavera y él aún andaba convencido de que además corría con la ventaja irrevocable de ser joven. Miraba por la ventana con la arrogancia de quien ignora que ha soltado un “Heterodontus” en voz alta.
El sifonazo se sintió frío en la espalda e hizo que su sonrisa se encogiera de golpe.
Con toda una tropa de indignación giró y apuntó sus pupilas encendidas a los comensales. Pero todos portaban caras de distraído y un sifón o dos sobre las mesas hacían de la pesquisa una tarea peligrosa.

Desde entonces se había visto involucrado en una serie de hechos incómodos con pasajeros, parientes, consorcistas y amigos; hasta llegar al testigo de Jehová que había intentado romperle un dedo. Sin embargo el verdadero escándalo, el escándalo íntimo, llegó de madrugada. Desnudo frente al espejo, se había sorprendido a sí mismo en un repetir monocorde de “Heterodontus” tras “Heterodontus” tras “Heterodontus”.

Resolvió a ir al psicoanalista.

Siete años y seis meses de terapia más tarde, apenas había sido clasificado como neurótico. Ni siquiera alcanzaba el grado de bipolar. Había excavado meticulosamente en los recuerdos de su infancia y podía recitar con soltura la mayor parte de sus traumas. En público, sin repetir y sin soplar, conseguía enumerarlos cronológicamente desde 1982. Además para asegurarse de no dejar rastros de “Heterodontus”, ocupó sin tregua hora tras hora de su agenda. Pero a pesar de las sólidas barreras, cronogramas y reuniones dispuestos a lo largo de los días, algo se filtraba. No podía olvidar el temor a la palabra.

En la soledad de su cuarto continuaba siendo esclavo. Prisionero de “Heterodontus”. Un mecanismo que se accionaba tan graciosa e implacablemente como el hipo. No había nada que él pudiera hacer al respecto. Nada. Comenzó a temer los ataques de “Heterodontus”. Se preocupó por imaginar catástrofes panorámicas. Profetizó bancarrotas. Destierros, estampidas y plagas. Pero inesperadamente el indicio de que estaba empeorando lo detonó la pequeña violencia con que servía los fideos. Se le escaparon tres grandes “Heterodontus” y una cacerola rodó por el suelo.
Esa misma tarde las embestidas se hicieron más violentas. Necesitó huir a la carrera de los puños del cuñado y del llanto de su ex.

Se daba cuenta ahora. Vagando por la ciudad como un arrepentido sin jinete. Desbocado. Desposeído. Sobre todo impotente. Queriendo darle una paliza a cada una de las letras que accionaba a “Heterodontus”. Anhelando clavarles sus dientes en el lomo. Cazarlas, darles muerte. Se daba cuenta ahora que sonaba su celular. Que el nombre de ella aparecía en la pulcra tipografía sin serif del visor.

Tomando aire destapa el aparato. Su voz se desbarranca en la estampida de salivas que va dejando tras de sí el HETERODONTUS.

martes, 6 de julio de 2010

JAJAIKU PARA LA BEBA

La Beba baldea su vereda vainilla
a baldazos
de rojoverde inquisidor
y milagroso azul
Sus huecos blancos
libres de cejas
sueltan la mirada
que corremuerde a maleducados
a caminantes
y destierra sus pasos bien
lejos del cordón

La Beba baldea su vereda vainilla,
la baldea eterna
hasta la calle de mis ojos.

miércoles, 9 de junio de 2010

Merrie Melodies I

a D.D. que me invitó a verlo

Una vidriera entre otras llama su atención. Un objeto entre otros atrae su pupila. No sabe por qué pero entra al local y pregunta, “¿puedo verlo?” Un coreano en bambula engarza el trompo entre las uñas. “¡Míra!”, dice con la boca carcomida de entusiasmo y mueve una diminutísima palanca. Sobre el mostrador el trompo expande la gravedad de una galaxia. Un universo girando en círculos de felicidad multicolor.
Para muchos pasará inadvertido, el coreano lo sabe. Sus dedos sueltan la órbita de estrellas que más tarde apagarán, como si fuera un trompo hecho en Taiwán.

viernes, 19 de febrero de 2010

El indescifrado

Su personaje es versátil.
En planos generales permite
que su sombra lo empuje sutilmente,
creando pasos épicos.
En los primeros planos,
deja que una sonrisa blanca
aligere el cuerpo
de las miradas negras
sin llegar a evaporarlas.
Digamos
que se mueve tranquilo
al resguardo de su buen actor.

Yo, que investigo de cerca,
puedo asegurar que esta mañana
se ha producido otro cambio.

Sale del baño, ya sin barba,
y de su cara
emerge otro hombre.

jueves, 12 de noviembre de 2009

La mujer que hacía fotocopias

Como le había dicho la mujer
que hacía fotocopias:
“Todo era cuestión de cómo se lo viera.”
Por ejemplo, podía ver
que habitaba
48 metros cuadrados
en un segundo piso
por escalera
o
que vivía entre árboles
a la altura de los pájaros.
Podía cargar
generaciones llenas
de mujeres bellas
pesando sobre sus hombros.
O cerrarles los ojos en la cara
y dejarlas lejanas como deben ser.
También podría ver con sus oídos
el llanto del niño
después de la pared
y comprobar que
la paciencia había muerto
con los abuelos.
Sin querer podía encontrar
que el terror
puede tomar forma
de vecina rozagante
de muebles pulidos con recelo
de marido que fuma a sus espaldas
y cuenta a las gentes de su picardía sin sal.

Si era cuestión de ver
podría elegir no ver más
al portero de enfrente
dejar que su figura se desmadeje
en un olvido fervoroso
u optar por la visión única del Rengo
que cuando se le preguntaba:
-¿Cómo anda? Contesta:
-Bien. Y si no
lo hacemos bien.
Y luego quemaba
desde su dentadura postiza
una sonrisa real
hasta hacerla Gloria

Podía empezar a creer
para ver
el otro día
una historia biblíca
ocurrió ante sus ojos.
En la estación
a eso de las cuatro de la tarde
una hora decente si las hay
apenas un perro
con cuatro patas cortas
arrancó la carrera
en un vértice de la espiral infinita
contra él corría
el tren que aullaba
y las vías sin curva
contra él corría
la alegoría, la metáfora
la mística
contra él corrían
los hijos de la maldición
contra Goliat corría
con cuatro patas cortas
y lo vencía.

Todo eso había descubierto hablando
con la señora de las fotocopias.
Una mujer que de tanto hacer duplicados
anhelaba los originales.

jueves, 29 de octubre de 2009

Recursos para evitar el enojo

Sofía jugaba junto a los rosales en el patio de su nueva casa. Ella, su madre y su hermano menor se habían mudado en el mes de las espinas y ya comenzaba el tiempo de las flores. Al principio nadie se había fijado en las plantas. Su madre pensaba que por ser una casa tan vieja estarían secas. Sin embargo con el inicio del calor comenzaron a brotar como si el sol les hubiera arrojado granos. Ahora las rosas engordaban cual gallinas.

“Rojas, blancas y amarillas pero con pétalos en vez de plumas”, se decía Sofía y volvía a repetirlo porque nombrar colores siempre la alegraba.

Desde que su mamá se separó de su papá no habían existido sobrantes de diversión. Era como cuando se iban de vacaciones y su mamá le decía: “Nena, si tenés ganas de hacer pis andá ahora porque después no paramos hasta llegar”. Sofía aplicaba ese mismo criterio al resto de las escaseces y aprovechaba al máximo las felicidades.

La palabra “Escasez” la había aprendido recientemente porque comenzaba a abundar en boca de su madre. También mencionaba mucho la palabra “Recursos”. “Tal señor tiene recursos” o “Para hacer aquello se necesitan recursos” o “Faltan recursos para conseguir lo otro”. Según lo entendía Sofía, no era cuestión de tener más sino de pedir menos. Sabía que pedir una bicicleta menos o desear una muñeca menos podía generar “recursos”. Por lo tanto había comenzado a practicar una menor cantidad de caprichos.

También comprendía que para los adultos el tema era serio. Guardaban en él las esperanzas y espantos que producía el dinero. Sofía no podía dejar de sospechar que a la gente grande se le había encogido el tamaño del significado. Justo como le pasó a su mamá con las medias de Pablito cuando las lavó con agua caliente.

Ella prefería germinar sus propias ideas al respecto. Por ejemplo, su mamá que era muy buena cocinera ahora se dedicaba a ser “Repostera”. Y Sofía sabía que sus “Recursos” eran extraordinarios. Si ella había visto cuando sacaba animales selváticos de las tripas del mazapán; cuando les concedía sonrisas a los autos; o cuando aparecían las libélulas, las torres y los guerreros donde antes no había más que un desierto de bizcochuelo.

¡Ella había estado presente cuando su madre creó una princesa, como hacían las hadas madrinas con las cenicientas!

Pero cuando el trabajo se terminaba y la torta se iba, en las manos solo quedaba dinero y su madre volvía a pensar en los “Recursos”.

Sofía se daba cuenta porque a su madre se le evaporaban las sonrisas y su voz iba levantando polvo por los sustantivos. Después de eso venía el enojo. Hacía madrigueras y túneles por ese territorio seco y cuando menos se lo esperaba saltaba de algún hueco y mordía. Sofía no era ignorante. Sabía por experiencia que el enojo podía tener los dientes afilados. Ella había sentido más de un tarascón cuando su compañera de banco prefirió ser amiga de la chica de cartuchera doble en la clase y helados de frutilla en los recreos.

Pero su enojo se le había pasado pronto y calculó que así sucedería con cualquier otro. Que no podría durar para siempre.

Aunque el caso de su madre no parecía tan fácil. Las madrigueras de su enojo se estaban haciendo más profundas y había que hacer algo pronto.

¿Cómo mostrarle que tenían “Recursos” de sobra?

Tal vez la mejor prueba fueran los rosales. El efecto que tenían sobre su madre era evidente. Cuando ella estaba dolorida y mal después una mordida grande; o cuando caminaba triste –que es como ser mordido por un enojo más flaco y de dientes más finos pero de roer constante– por la casa parecía no haber nada que pudiera ayudarla. Parecía que la humedad y la sombra la arrastraban despacio por las habitaciones. Pero si el ventanal del fondo se paraba como un príncipe en su camino –las cortinas flameando al sol como cabellos– su expresión cambiaba. Se acercaba al patio y la siesta que dormían las flores desenvolvía su suspiro. La llevaba en brazos hasta la calma y de a poco volvía a sonreir.

En eso reflexionaba Sofía cuando escuchó un grito que venía de adentro.

–¡NO! ¡CUIDADO! ¡NO!

La voz de su madre sonaba como si el enojo la hubiera mordido feo.

Sofía entró en la cocina corriendo. Allí estaba su madre agitada y tiesa, una torta yacía rota en el suelo y el llanto estaba a punto de llover sobre la cara de su hermano.

Sofía se decidió en el acto. Esa sería la comprobación. Tomó la mano de su madre como si fuera aún más pequeña que la suya y la llevó al patio.

Afuera aparecen dos niñas
se detienen a contemplar el silencio de los pétalos

rojos, blancos y amarillos

rosas engordando
como gallinas bajo el sol

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a Patriva

jueves, 15 de octubre de 2009

La puerta giratoria

De niña Ana tenía dos patios. Tenía dos patios, dos jardines, dos casas, dos perros, dos madres. Trece gatos. Las repeticiones y las rarezas habían entretejido en ella un particular entendimiento de la realidad. Nunca había podido distinguir con certeza el umbral de salida de los sueños y la puerta de entrada al mundo real.

Esto, que para otra persona podría resultar alarmante, en ella resultaba natural. Jamás se había inquietado al encontrar seres de pesadilla en plena calle y viceversa. Comprendía también —esto se lo habían enseñado sus madres— que los sueños acercaban mensajes y que era preciso estar disponible para recibirlos. Si por alguna razón no recordaba lo que había soñado, durante el día aparecía alguien o algo que se lo evocaba. Así sucedía y Ana nunca se sobresaltaba. Durante el transcurso de su vida había visto adivinos, ciegos, locas, perros bicolor, mujeres con gallinas en la cabeza, un origami de caras que se abría imprevistamente para disipar la niebla de su olvido. Ella siempre escuchaba sin inmutarse.

Pero esa noche el soñar fue diferente.

Viajaba en colectivo. Sentada del lado de la ventanilla, comenzaba a observar las calles. No parecía existir peligro. El cielo estaba completamente despejado y había sol. “Sin embargo, algo va a ocurrir” le decía una voz irreconocible y familiar. Ana se estremecía y se frotaba los brazos como si quisiera darse calor. Lo inminente estaba cercano. Podía sentirlo en el peso extra de su pecho. De pronto tocaban su hombro.

Ana despertó sobresaltada. Al llegar al baño se lavó la cara varias veces. “La sensación es completamente diferente”, dijo mientras se dejaba mirar desde el espejo. Se vistió apurada. Afuera, no había una sola nube y eso le pareció aterrador.

Mientras esperaba el colectivo una impresión le dió de lleno. Ya había tenido ese mismo sueño antes. ¿Cómo no lo recordaba? De pronto se dió cuenta. Estaba atrapada en una puerta giratoria de las que alguna vez le hablaran sus madres. Una vez adentro las escenas se repetirían inevitablemente hasta que pudiera romper con la cadena. Necesitaba despertar de verdad. Sintió miedo. ¿Qué significaba estar realmente despierta?

En el 110 quedaba un último asiento libre junto al pasillo. Esto la tranquilizó. No se sentaría junto a la ventanilla como en el sueño. Avanzó despacio, el vehículo se movía como si no hubiera sido domado. Ana cayó en el asiento con horror. A su lado había una mujer que le daba la espalda. Temblaba y parecía estar abrazándose a sí misma mientras miraba hacia la calle con desesperación.

Ana extendió el brazo.

miércoles, 24 de junio de 2009

The hall affaire


Hace veinte minutos que observo cómo intentan bajar del auto a una mujer en silla de ruedas. ¿Por qué este repentino y bizarro voyeurismo? Intento un juego. Hallar una historia entretenida a cualquier escena que se presente por la ventana. En este caso, desde la perspectiva que me toca –enfrente y a un piso de distancia–, se ve como una picaresca italiana. (Imagino que un punto de vista más cercano correría el peligro de asemejarse a una película de Enrique Carreras.)

Es de noche. Dos hombres robustos chocan entre sí mientras tiran de una pierna. Ahora uno es tragado por el interior del auto. Solo se ven sus nalgas, que por algún misterioso motivo genético le llegan casi hasta la nuca. El segundo, un hombre al que le tiemblan los mofletes, se aferra a la silla de ruedas como si no estuviera domesticada e intentara escapar. Insisten en tirar de las extremidades de la mujer un grotesco número de veces. Finalmente abandonan. Han comprobado que la estrategia sólo los conduciría a la fractura o el descalabro. Su próxima astucia consiste en mover el auto hasta la bajada de un garage. ¿Su táctica? Probablemente aún están tratando de descifrarla. Pronto tiran nuevamente de ella y bufan.

Comienzo a aburrirme. Estoy por hacer zapping mental y dedicarme a cosas más productivas como el ordenamiento de moluscos en mi baño, cuando llega un chico de veintipocos años, prolijamente vestido. Toca uno de los timbres del edificio, retrocede dos pasos y comienza a esperar. Es evidente que se ha arreglado para el cortejo. Me enternece ver que su comprensión del asunto llega al límite de usar “camisa y perfume”. Con todo, se ve bonito en su torpe constancia para trasladar el peso de una pierna a la otra, como un niño que comprueba la gravedad de sus zapatos nuevos.

Es inevitable que la escena me atrape. Nunca he podido resistir a la esperanza del romance. Me es imposible cambiar de canal en una escena rosa. No importa qué tan trillada y vulgar resulte, me resulta imperativo mirarla. Forma parte inextirpable de mis placeres culposos.

Mientras tanto, los dos hombres del auto han conseguido desparramar a la señora en su silla de ruedas y la empujan hasta la entrada del edificio donde está el chico. Él los ayuda con la puerta y pronto desaparecen. El chico ha quedado solo. La llovizna no parece afectar su impaciencia. Tamborillea los dedos contra las piernas. Mira a ambos lados de la calle sin ver más allá de su nariz.

Diagnostico que se halla en la etapa más magnética del enamoramiento. Los síntomas de vértigo horizontal e incertidumbre son visibles. Probablemente lleva meses teniendo un deseo copioso y abundante que rompe contra una muralla de dudas. Sentimientos volcánicos que se enfrían en la glacial atmósfera del pensamiento.
A todo volumen un auto dobla la esquina. Late en su interior una música estridente. Al acercarse comienzan a vibrar los alrededores. Inconscientemente el chico empieza a balancearse al ritmo de su melodía.

Se enciende una luz al final del hall. Él aún observa el auto que se aleja. Cuando lo nota, un segundo más tarde, gira sobresaltado e implementa su mejor versión. Estira la camisa y se endereza. Practica su mirada profunda. Al otro lado del cristal aparece una figura femenina. Jeans y remera ligera. Anda a los saltitos, en una indecisión permanente entre los escalofríos y el trote. Se detiene ante él y sonríe. Es hermosa. Tiene el cuello largo y su boca parece poseer la humedad perfecta del beso. Los movimientos de su cuerpo están hechos de pequeños deleites. Al buscar entre el manojo de llaves, sus mejillas se colorean y frunce suavemente el ceño. Todo en ella parece crearse en una espuma invisible y desaparecer también allí.

Hay una constante conspiración de señales. Él parece presentir que ésa es la noche. Cuando finalmente la puerta se abre da un viril paso al frente. Desde acá no llego a captarlo, pero estoy segura de que sus labios se posan ladinos más allá de las fronteras del saludo decoroso, como marcando el punto de inicio para una invasión inminente.
El chico entra con confianza y avanza hacia el ascensor. A sus espaldas ella se ha quedado detenida. Parece dudar un momento. Repentinamente abre la puerta de un golpe y salta hacia el hall. Con los brazos cruzados sobre el pecho para darse calor, asoma su nariz a la calle. Mira hacia la derecha y hacia la izquierda como si aún esperara a alguien.

jueves, 30 de abril de 2009

Otoño en la costa del pez comido


Aparecimos en Mar del Tuyú. Gabriel y yo entramos en el balneario con la desilusión contenida, pero sin sorpresa. Había una imagen que se derretía lentamente entre las cuatro paredes enmohecidas que nos rodearon. El secador de piso perpetuándose en los baños, un esqueleto de edificio ennegreciéndose como si su único propósito hubiera sido siempre el abandono. Peces comidos a la hora en que ya sólo juegan los perros.

Aún en una tierra tan alejada de la civilización del jacuzzi, se sufre un arriesgado encanto. ¿A qué me refiero? Cuando esa tristeza que parece filtrarse en cada acto, comienza a sentirse agradable. Inesperadamente una extraña joya verde engarzada en alas, deja de ser mosca y la calma fría se transforma en una amplia tarde de mar. Se abren otras sensaciones como el hambre de brisa y el caminar sin destino.

¿Han estado alguna vez en el ojo de un milagro? Supongo que se parece a los huracanes. Afuera, está todo revuelto pero en el centro apenas oscila la frecuencia del infinito. En ese lugar, donde no llega la longitud de onda de los pensamientos, fue donde aparecieron los perros.

En nuestras reposeras reclinables, el café con leche sabía a plástico pero entraba como un calor terso y silencioso, táctil. La tarde comenzaba a hundirse en el frío. El primer can llegó con las pisadas de un testigo. Era una mezcla muda de animal y arena. Una esfinge bigotuda que pronto se extendió a los pies del sol. Con una olfateada indiferente despreció nuestra última galleta y se dedicó a cosas más sagradas como rascarse bajo una pata.

Mientras tanto nuestro alrededor iba desapareciendo y brotando en una nueva marea de sombra. Se podía sentir calor y frío a la vez. Como si uno fuera un planeta. Una tierra iluminada en el hemisferio nuca y al otro lado una noche disolviendo la cara. Íbamos deteniéndonos a la velocidad de cosas que no pertenecían a nuestra misma dimensión.

Entonces otro perro, probablemente con una sola primavera de vida, entró a husmear entre las cosas. Pronto robó el naufragio de galleta y comenzó a jugar como si estuviera hecho de una estela de músculos negros. Volcó una taza abjurada. Alebrestó una bandada de pájaros que al levantar vuelo se transformó en oro. Hizo una corrida profunda tras un cuatriciclo. Fue un alma entera mordisqueándose con otro perro.

¿Qué sería la felicidad para él? Me levanté de esa pregunta para estirar el cuerpo. La oscuridad comenzaba a hacerlo anónimo. Solo presencia. Los perros eran una serie de cabriolas mágicas. Oleajes de movimiento.

Fue instantáneo. En una distancia más corta que el pestañeo, ¡correteábamos los cuatro! Éramos todos cachorros entre los seres más viejos. Revelaciones. Un pequeño revolcón de estrellas.

jueves, 5 de febrero de 2009

El bar moderno


Hay un olor a recién horneado que llena el aire. Mara se sienta en un bar moderno de un barrio que alrededor del mundo toma distintos nombres y acá se lo conoce como Palermo. La esquina es una gran vidriera. Afuera la tarde es fría. Adentro, animales de fábula, mesas rosadas y Jesús con el corazón en llamas conviven civilizadamente. Una chica vestida de chef, su turbante y un largo cuello, deambulan bellamente hacia la puerta y vuelven.
La moza se acerca.
Cuando ordena, Mara intenta subrayar su “Buena Onda” con un chiste. La moza, no parece registrarlo. Se arregla las babuchas, estira su delantal hecho de remiendos. Durante el resto de la merienda, solamente le mostrará el perfil donde tiene tatuada una araña.
Más allá, una mujer de unos 40 años, aspecto de ejecutiva fresca, espalda erguida y una laptop, comparte una conversación con otra mujer y su laptop. “Son socias, o colegas del medio, pero no amigas. Especula Mara.” La primera hace círculos en el aire con ambas manos, con la actitud de quien diserta sobre cosas serias. Al llegar la cuenta, hará un énfasis corporal en decir que “Ellapaga”. Y la otra no opondrá resistencia.
En el centro, ríe un grupo de gays cosmopolitas. Ítem infaltable. Pertenecen a la etnia más selecta. En sus conversaciones mencionan pasajes a ciudades exóticas del mundo, conseguidos en internet por sólo 500 dólares; París y el jet lag, y de ser posible (esto no es excluyente, pero se toma en cuenta) deben matizar su español con algún tipo de entonación extranjera. Este grupo en particular, consciente de reunir todos los requisitos, pide “Si por favor” alguien puede sacarlos en una foto. Después de todo tal vez pasen de 3 a 6 meses hasta que puedan volver a conseguir por internet, otro pasaje que los lleve a una ciudad exótica, en donde tomar un cappuccino como en cualquier otro bar moderno del mundo, por sólo 500 dólares.
A continuación, vemos dos madres de sociedad que se han permitido romper algunas reglas. Su aspecto muestra, que por principios, han dejado de hacerse peinar todos los días, como lo hacían sus madres. Cada quince es suficiente. No es cuestión de exagerar.
Una delicada rubia, sacada del catálogo de hijas rubias, las acompaña bebiendo té. De tanto en tanto interviene con frases como: “Se fue a Egipto”, “el campo de Matu” y “tiene mucha guita”. Eso es todo, después vuelve al catálogo.
Al llegar la moza con las babuchas y la cuenta, una de las madres la hará repasar en voz alta y con sumo detalle, cada ítem de lo que se les está cobrando.
Muffins, todo okay, wafles, muy bien, ensaladas con rúcula, perfecto. Justo cuando la moza esté retirándose, necesitará re-preguntar:

-¿Disculpame, y estos $6.-?

-Las limonadas.

-Claro. -Y seguirá hablando con la otra madre.

Con el primer sorbo de café, Mara se quema. Intentando contener una lágrima con un bollo de papel, se volcará encima un poco de café. Abrirá el libro de Krisnamurti en cualquier página para disimular.

La luz ha comenzado a alargar las sombras de la pareja que se aburre lo más cerca de la ventana posible. Ella mira su café. Él desde su buzo a cuadritos y las zapatillas de Willy Wonka mira hacia la calle. Mordisquea su celular. Bosteza sin disimulo. Tamborillea el pie con la zapatilla de Willy Wonka, esperando que aparezcan los Umpa Lumpas. Suena su celular ¡Gracias a Dios! le ha puesto el ringtone adecuado para que alguien más lo note. Cuando corte, le comentará a su compañera, con la frente contraída, que hubo un nuevo contratiempo y que él tiene que volver a grabar. Al salir, ella sostendrá el marco de la puerta y él pasará primero. Se cruzarán con los que entran. Un entrepreneur joven y su hijo, dan un paso al frente. Visten igual. Chombas de mangas largas, collares de cuentas y chaleco 80s. El niño hiperestimulado toca todo con los dedos. Trata de captar la atención de su padre haciendo un comentario gracioso. El padre ríe. En quince años, cuando haya crecido, tal vez lo utilice otra vez y a alguien más le parezca gracioso. Entonces, su entrenamiento habrá dado resultado.

La gran vidriera parece ser verdaderamente entretenida para los de afuera. Los autos que dan vuelta a la esquina no pueden dejar de mirar. Un Citroen Picasso dobla veloz. Adentro una mujer con la nariz en vendas, observando tras unas gafas oscuras, sabe que todavía no está lista para entrar en escena y acelera.
Deben ser más de las seis de la tarde. El ajetreo de las construcciones, de las altas torres que pronto rodearán la zona, ha cesado. Manadas de albañiles perfumados, pasan con la mochila al hombro. Al llegar a la vidriera, alguno se permite alzar la cabeza y mirar de reojo. El resto continúa sin mirar atrás.
Mara anota. Del café con leche queda un resto azucarado. El muffin es un pellizco en el plato. El libro de Krisnamurti se mantiene cerca.
Un pequeño ayudante de cocina, al que se le permite estar adentro, se acerca. Las mismas babuchas y el mismo delantal de remiendos que viste la moza, él se limita a llevarlos puestos. Bajando la mirada, pide Disculpas Señora tengo que abrir la puerta de la despensa. Adelante dice Mara con gesto amigable y dejando ver que después de todo, ella lee a Krisnamurti. Pero él no lo registra y la pasa de largo. Abre una pesada puerta negra que hay en el piso, lo suficientemente alejada como para que no necesitara una disculpa previa. Hurga un rato entre las cosas de abajo. Su cuerpo está medio metido en la tierra, la espalda arqueada deja ver cada hueso de su columna vertebral. Cuando sube a la superficie, parece no reconocer el aire. Lo respira con precaución, pestañea varias veces. Por un instante se queda abandonado. En una deriva invisible. Flotando. Segundos después un sutil espasmo lo conecta. Reinicia el programa, cierra la puerta y comienza a volver.

-Disculpame, –dice Mara–si la ves a la moza, no le pedís que me traiga la cuenta

-Ahora mismo le digo –contesta – y disculpe las Molestias, Señora.

Mara cierra el libro y lo observa irse.
La puerta del baño ha quedado entreabierta. Algo comienza a mezclarse con el olor a recién horneado. Sin embargo, nadie parece notarlo. Cada uno continúa actuando de acuerdo a la programación que le tocó en suerte.

sábado, 31 de enero de 2009

La eternidad abraza a todos los hombres


Subí al colectivo después de abrazar a mi hermano por primera vez.
La tarde era fresca, las medianeras tenían caras amarillas de sol y se podía sentir que la Tierra giraba despacio hacia los labios de la noche. Me senté en la última fila del colectivo y abrí el libro de Khalil Gibran donde lo había dejado. Intenté concentrarme pero no pude. Todo mi cuerpo vibraba sobre el motor del vehículo. Leer me fue imposible.

Es extraño como a veces me cuesta manifestar las emociones. ¿Ser un humano no se trata exactamente de eso? Bueno, exactamente no sé, pero algo de emoción debe haber. Si hubieran querido que no tuviéramos emociones habrían creado simplemente máquinas de inteligencia artificial. Si eso es posible para los japoneses, ¿cómo no sería posible para los dioses? Claro que tal vez los japoneses no estén de acuerdo en este punto.
De todas formas, volviendo a mi hermano, no recordaba la última vez que lo había abrazado. Sí podía hacer memoria del abrazo de cara a la foto que nos sacáramos en algún cumpleaños, pero abrazo de verdad no recordaba.
Pasé la tarde con ellos (mi hermano y su novio). Tomamos mate. Hablamos de lo caro que está retapizar sillones, de clásicos del costumbrismo como el calor y la humedad, de lo gordas que tiene las piernas Florencia Torrente, y en algún momento me fui poniendo inquieta. Tenía que volver a casa antes de las nueve y ese pensamiento me fue nublando. Se me hizo más presente la ansiedad mecánica de estar saliendo hacia otro lado, que la de estar en ningún lugar. Después de repetir un par de veces que ya me iba, mi hermano y su novio se ofrecieron a acompañarme a la parada. Poco convencida, porque pensé que haría más rápido si caminaba sola, les dije que sí. Lo que fue sucediendo después, más que acciones encadenadas pareció ir desenredando un ovillo que llevaba tiempo formándose entre nosotros.

Caminamos sin decir palabra hasta que en un momento, sin darnos cuenta, íbamos al mismo ritmo los tres. En algún lugar nos cruzamos unas miradas cómplices ante un perrito “colicorto” que andaba muy orgulloso sin correa y reímos ante una vidriera de peluquería de viejas que dejó salir a una con el pelo indefectiblemente violeta. (Algo que suele ocurrirles con frecuencia a estas ancianas.)
Al llegar a la Av. Entre Ríos, me desboqué. Volvió a mí la tropilla de pensamientos urgentes e intenté cruzar en verde. Fue ahí que mi hermano me tomó de la mano con firmeza, como diciendo no es necesario que corras, vas a llegar igual. Al alcanzar la parada yo hice las monigotadas que hago siempre antes de partir y ellos intentaron sonreír a pesar de ello. Al divisar el colectivo, estiré mi mano de forma elegante y con la mano torpe busqué las monedas. Ya podía ver claramente la cara del colectivero, que me miraba desde arriba, como si estuviera más allá del Bien y del Mal, y de Nietzsche. Entonces me detuve en limpio.
No sé de dónde salió o qué parte de mí lo hizo, pero le dí un gran abrazo a mi hermano. Lo apreté contra mi hombro huesudo, porque eso es el único que tengo para ofrecer, pero lo hice con ganas. De pronto no estaba corriendo hacia otro lugar y podía sentir que el cauce del ovillo se desenredaba. Se hacía fluído. En algún rincón de mí se soltaba algo. ¡El colectivero y su mirada se habían esfumado por completo!

Y como dije antes, de pronto al subir al colectivo la tarde era fresca, las medianeras tenían caras amarillas de sol y se podía sentir que la Tierra giraba despacio hacia los labios de la noche. En las veredas la gente tomaba felicidad helada en forma de cerveza y yo podía sentir que mi respiración estaba hecha de una materia sagrada, que por puro amor, caía en mis pulmones y llenaba mi pecho.

Entonces abrí nuevamente el libro de Khalil Gibran y me dí cuenta. Por suerte, el amigo Khalil supo explicarlo mejor que yo. “La eternidad abraza a todos los hombres.”