Mostrando entradas con la etiqueta Treinta y.... Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Treinta y.... Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de abril de 2009

Lunes


En sus peores días Graciela no dejaba de imaginar que su vida podría haber sido mejor. Y esa mañana parecía estar haciendo méritos para conseguir uno de los primeros puestos del ranking, antes del mediodía. En el subte una secretaria de uñas esculpidas se le había adelantado en la cola y ella no había dicho nada. Un terrible agravio por el cual hervían su enojo y su vergüenza. Luego al llegar a la oficina tuvo que ayudar a poner en cajas las carpetas y los papeles de un empleado ausente, para no demorar la mudanza. Como hechos aislados no eran graves, pero en la acumulación se volvían peligrosos. Ahora amontonaba minutos de escuchar a la Señora Verdino hablando sobre un peluquero fantástico, llamado Kokibutz.

–Cuando se fue de la peluquería lo busqué por todos lados –dijo la esposa del jefe con ese candor inocente que envuelve a las rubias platinadas y a los caniches pequeños–. Busqué Kokibutz por un servicio de internet y nada. Kokibutz en el padrón electoral y nada. Me recorrí todas las peluquerías de Belgrano preguntando por Kokibutz y tampoco. Hasta que di con el teléfono de una “ex”…

Graciela escuchaba de a ratos. “Con mover un poco la cabeza de tanto en tanto cualquier mamífero imagina que se le presta atención”, pensó. ¿Cómo había llegado el favor de ayudar a la Señora Verdino con la nueva decoración? ¿Por qué tenía que escoltarla como si fuera su chaperona? ¿Cuánto tiempo más tendría que ser testigo de sus atrocidades artísticas? La semana pasada se había visto forzada a sonreír gustosa ante unas palomas de yeso y un faraón bizco. Ahora la acompañaba a buscar papel crepé de colores para hacer “Bouquets de Bienvenida” para los empleados y proveedores.

Hay cosas que uno no sospecha que detesta hasta que las escucha dichas por la persona incorrecta en un momento innoble. “Bouquet” de pronto se había convertido en una palabra que en la escala Richter de lo detestable, tendría la intensidad de un terremoto magnífico. Graciela exhaló todo su aire para no implosionar como un agujero negro en el medio de Diagonal Norte.

–Yo siempre estoy haciendo cosas. Soy cosmetóloga recibida y decoradora de interiores. El mes pasado terminé un curso de Ambientación y Estilo. Hay que mantenerse activo, ¿viste? –La Señora Verdino hizo como un chucu chucu de locomotora con una de sus uñas rojas, hecha con una pericia muy costosa.

Al verla Graciela inevitablemente pensó en sus uñas comidas y atrofió las manos involuntariamente. ¿Cómo sería hoy si se hubiera animado a Fernando? “No me gusta ese muchacho. Es un vago y vos una puta. Nada bueno puede salir de eso”, había dicho su madre. “Lautaro en cambio es alguien con un negocio familiar. Siempre tendrá futuro.” Odiaba a su madre por la sentencia, pero también sabía que en algún lugar, ella había consentido. La lógica era la misma que empleaba todos los días para ir a trabajar puntualmente, recoger la ropa del lavadero o comprar el último perfume que después casi no usaba. De hecho era la razón misma del mundo que rugía a su alrededor como si tuviera un brote contínuo de locura.

Mientras tanto la Señora Verdino recitaba frases compulsivamente. Decía haberlas encontrado en libros milenarios de probervios chinos, aunque en su tono de voz parecían vagos recuerdos leídos en los sobrecitos de azúcar del último té con amigas. Por suerte, bastaban para tenerla entretenida. Iba tan entusiasmada con su propia charla que no requería de mayor esfuerzo escénico por parte de Graciela. En los últimos minutos había abandonado cualquier sacrificio expresivo. Dejaba su cara en punto muerto mientras veía pasar otras llenas de gestos elocuentes en el teatro ambulante de los hombres a celular.

–¿Leíste Osho? –preguntó la Señora Verdino con una súbita necesidad de tener un interlocutor vivo.

–¿Cómo?

–Que si leíste Osho, el hindú –La señora Verdino no era de las que se ofendían por repetir sus palabras. Probablemente estaba acostumbrada a hacerlo más seguido desde que se había casado–. Es maravilloso. Tiene ejemplos muy… ¿cómo se dice?... –abrió las manos como si abarcara un universo en expansión entre los límites de su manicura. –Creo que tengo un libro “pocket” en la cartera. Si querés te lo presto…

Comenzó a rebuscar entre los intestinos de su gran cartera dorada. Anotadores rosados, una palm y un labial Lancome se asomaron intranquilos al borde de su mundo.

Habían llegado a la entrada oscura de la Librería Durand e hijos.

–No lo encuentro. Entremos que mientras esperamos lo busco mejor.

El interior de la Librería Durand era un espacio percudido por el siglo. Un vórtice donde se producían generaciones de padres e hijos que heredaban la genética triste y el mismo lugar de trabajo.

Al atravesar el umbral, la penumbra alargó la lengua hasta la nariz de Graciela. Metió el resto de sí misma en la boca de sombra, de un solo paso.

Había pocos clientes. Un cadete, dos administrativas y un vendedor de inmobiliaria que conservaba la fe de la gomina. Detrás del mostrador tres torsos, que antes de derretirse en la rutina de los anillados habían sido hombres, atendían ordenadamente los pedidos. El cincuentón de jopo amarillo tenía la expresión desierta que se encuentra en los calendarios de cajones perdidos. También había un hombre petiso de aproximadamente treinta años que iba y venía, oscilando entre los ceños fruncidos por el deber o por el disgusto. Finalmente estaba el viejo Durand. El viejo ostentaba la distancia más larga a la que se hubieran sometido la vida de un hombre en ese sitio. Tenía casi noventa años y las arrugas le cubrían la cara como la maleza salvaje. Sólo su mirada hundida permanecía incombustible.

Graciela cerró los ojos. Podía sentir que su estómago estaba crispado, prisionero de algo que había encontrado forma definitiva en la falta de luz. El grito la tomó de sorpresa.

–¡HIJO DE PUTA, ME TENÉS PODRIDO!

El aullido se quemó tan de repente que consumió todo el silencio en un segundo. Al abrir los ojos, Graciela sintió el vuelco de su corazón. El hombre del jopo ahorcaba al viejo. Lo estrangulaba contra los estantes con una brutalidad que no dejaba lugar a dudas: su mente también se había evaporado en el alarido.

–¡HACE TREINTA AÑOS QUE ME ROMPÉS LAS PELOTAS! QUIERO VER SI VOS PODÉS HACERLO MEJOR. ¡QUIERO VER!

El hombre apretó el cuello del viejo con un caudal de fuerza que embestía como una manada de años. Su jopo descuartizado temblaba de nervios. El cascarón del viejo comenzó a ceder. En la frente se le astillaron las venas. La respiración raleaba. Todos los espectadores permanecieron clavados en sus lugares, incapaces de reacción. El aire se había vuelto tan filoso que las miradas temían moverse.

–¡VIEJO DE MIERDA! ¡HIJO DE PUTA!

Lo golpeó una vez más contra los estantes de cajas. El viejo comenzaba a abdicar al oro oscuro de su soberbia. Se volvía blanco. Graciela pudo notar que la mirada se hacía transparente de este lado del mundo.

Tal vez la respiración quieta de los espectadores abrió nuevamente la mesura en el cuerpo del hombre. Quizás simplemente la tecnología del pensamiento volvió a funcionar en su cerebro. Lo cierto es que como si fuera atraído hacia un campo de gravedad más fuerte, de pronto soltó al viejo. Lo dejó ir de sus manos enrojecidas y el bulto maltrecho se derrumbó hasta el suelo. Fue el petiso quien se agachó para recogerlo, aplicando su ceño a un asunto grave. Lo sentó de nuevo en su silla como si volviera a poner un engranaje fundamental en su sitio.

Todos observaban magnetizados. Por ese instante, sus voluntades pertenecían al hombre del jopo. ¿Qué otra extrañeza de monstruo les tendría reservadas? Pero el hombre reconstruyó su cabello con torpeza y volvió a ser el cincuentón. Pestañeó un par de veces, acomodó su camisa y tomó el próximo número como si allí no hubiera pasado nada.

–42 –dijo y todos continuaron como si antes hubiera acontecido el 41.

Todos, excepto la Señora Verdino.

–No se ponga así. Tómelo con calma –dijo como si explicara la mejor forma de espesar de la salsa blanca sin que se hagan grumos. –Piense que es su familia.

Graciela pudo notar que la escala Richter del cincuentón tocaba una magnitud alta mientras asentía a las palabras de la Señora Verdino e intentaba poner ganchos en una abrochadora. En ese momento todos los presentes tuvieron el mismo deseo solidario: que la Señora Verdino, de pronto, perdiera el habla. A pesar de tener la potencia del pedir colectivo, el anhelo no se cumplió. La Señora Verdino continuó diciendo que ella estaba mucho mejor desde que hacía yoga. Que el secreto era respirar. Dejar salir la mala onda con la expiración e inspirar amor.

Al salir de la librería, Graciela se sentía inesperadamente liviana. Como si al ver la escena se hubiera resuelto un símbolo abstracto que llevaba dentro y alguna piedra hubiera caído, dejando al descubierto un camino nuevo.

–¡Lo encontré! –dijo la señora Verdino sosteniendo un librito con un señor barbudo en la tapa.

Lo abrió al azar.

–No te digo, Osho es muy sabio –su voz salturreó en un pedregal de alegría. –Dice: “Si te aferras al pasado, tu futuro no puede ser otra cosa más que tu pasado modificado. Una repetición apenas retocada de lo mismo.”

Aún en ese tono de cosmetóloga recibida, a Graciela la frase le sonó extrañamente acertada.

miércoles, 14 de enero de 2009

Facebook I


Bajé las escaleras de un día soleado. En la puerta esperaba Carina Castiñeiras. Carina fue una íntima amiga del secundario que reapareció por Facebook. La gente parece feliz de poder reencontrarse con compañeros del secundario. Sonríen al contar lo que fue de la vida de la piba que quedó embarazada a los quince. Saber qué aconteció con Patricio Brizuela, el chico más hermoso del colegio que nunca le dió bola a ninguna, por momentos supera el rating de “Bailando por un sueño”. Supongo que del disfrute que producen esos escurridizos bocados, se nutre gran parte de Facebook. Hoy día creo que se salvan muchas vidas de la abulia terminal a través de encuentros de ex-alumnos. En ellos también se pueden desarrollar deliciosas revanchas. Esas bombas de crema que se expanden por el cerebro como fantasías donde se gana todos los partidos de la vida que antes se había perdido. Imágenes mentales en las que Patricio Brizuela nos da bola y hasta talla nuestras iniciales en un árbol.
Debido a esos deseos y fantasías pegajosos es que tengo reticencias para encontrarme con gente del secundario. Si voy a ser un poco más franca de lo debido, confesaré que mi reticencia se ha hecho últimamente algo más constante y corpórea. Tengo pesadillas donde se me acusa de algo terrible y en vez de ser quemada viva por una orda de compañeros de secundario granosos e iracundos, me sucede algo peor. Soy condenada a repetir quinto año por el resto de la eternidad.
A pesar de ello, acepté encontrarme con Carina. Durante algunos días de lluvia y otros de sol, nos intercambiamos mails rigurosamente sobre tópicos del pasado y llenamos, bullet a bullet, los datos más verificables de nuestras vidas.
¿Quién era Carina? Mi recuerdo me llevó despacio, a lomo de burro, hasta la Carina de los 17 años. Carina era la más representativa de las gorditas simpáticas. Cuando iba de vacaciones a Villa Gesell se hacía inmediatamente tarjetera de Sabbash y transcurría sus tardes de playa admirando con sincera devoción, a la mayor cantidad de cuerpos masculinos que pasaran desvestidos delante de sus ojos. En esos días solía reír con soltura y desbordaba felicidad con énfasis.
Por eso, porque me conduje por estos recuerdos que aparecían en mi mente mientras bajaba las escaleras, fue que al abrir la puerta me sobresalté.
Ante mí había no había una Carina. Había un flamante modelo de Sarah Connor de Terminator 2, en minifalda. Mi pasmo fue tal que puede resultarme difícil explicarlo con nitidez, pero quisiera transmitir sin exagerar que en la vereda me esperaba una mujer de bronceado galvánico, brazos de lanzar garrochas en el desayuno y vadear océanos en las cenas. Una mujer que cuando rió me hizo encoger el cuerpo involuntariamente. Una mujer en la que cada músculo se marcaba con las carcajadas.

-No te lo puedo creer –dijo. –¡Estás igual!

-Vos no –dije bajito y luego de saludarla con un beso en la mejilla, por las dudas, me aparté unos pasos.

Ella rió estruendosamente y me contó que ahora participaba de pentatlones, que había escalado el Aconcagua, y que por las noches se hacía unas cien cuadras en bicicleta para no perder el estado.
Ya habíamos quedado por mail en tomar un café, en algún lugar neutral. Caminamos hasta la avenida más cercana y después de no pensarlo demasiado, nos decidimos por un bar/restaurant de los que son atendidos por tropas de asalto de con forma de mozos. Ella lo conocía porque había venido varias veces a tomar algo después de varios bautismos de hijos de primos/amigos/colegas realizados en la iglesia de la vuelta.
Nos sentamos una frente a la otra y pedimos sendos cappuccinos a la italiana. Estabamos listas para comenzar un talk show, pero en tono más íntimo.

-Contame, ¿tu mamá sigue trabajando en el hospital y con el novio que me constaste?

-Sí

-¿Y tu hermano?

-Bien. Está buscando departamento para comprar.

-Y vos, ¿en qué andás ahora?

La pregunta apareció casi por generación espontánea. También por generación espontánea apareció el calor en mis mejillas. Cómo explicarle que había tenido que dejar de trabajar en publicidad porque me había quemado el alma y que temí verla reducirse a cenizas en la próxima reunión donde se pronunciara nuevamente la palabra “Branding”. Cómo pronunciar en voz alta que definitivamente, a términos comerciales, mi vida no tenía ningún sentido. Cómo decirle que un día, en el que ni siquiera había llovido, lloré como cuatro horas seguidas hecha un ovillo en la alfombra. Y que así, muy de pronto y a pesar de mi encantador y sostenido ateísmo, una mañana comencé a creer en Dios.

–Bueno como te comenté en publicidad casi no trabajo, estoy tratando de escribir – dije y como para amenizar agregué –… y empecé a hacer danzas.

-Aha ¿y qué tipo de danzas?

-Bueno no son exactamente danzas, es como una meditación en movimiento. Algo así como el tai chi, pero más movido. Son ejercicios para entrar en contacto con el cueeeerpo.

La palabra “cuerpo” salió como un balido de mi boca. “¿Por qué sueno como una oveja?”, me pregunté y sentí que era el tono de la disculpa por ya no ser el sueño torvo del éxito y la modernidad. Fue así que Carina se me quedó viendo tras la mínima nariz que se fabricara en su decimoquinto cumpleaños. Una que erradicaba por las buenas todo vestigio de su linaje de mujeres en batón. Fue entonces que revoleó los ojos primero y luego, lo dijo. Mirando a la cámara uno inició la frase y la terminó con un close up de la cámara 2.

-Me reuní con los chicos del secundario.

Traté de mantener la calma pero la palabra me hacía sentir que las patitas de las cucarachas andaban cercanas y esperando. Me crispé un poco.

-Nos reunimos en la Farola. ¿Te acordás donde hicimos la despedida
sin los padres?

Claro que me acordaba. Ese día fue el último día que vi a Alejandro. Me separé como si se venciera la fecha de duración de un noviazgo adolescente. Nos alejamos sin llanto y sin adiós, en el umbral fresco de un pasaje que no llegaba a ser calle.

-De los chicos fueron pocos. Solo Facundo, Sebastián y Cucho, ¡que está hecho un hombre! ¡Sacó un pecho gigante! –Carina hizo una pausa para beber algo de cappuccino y recobrar el aire. Luego en tono cómplice continuó– De las chicas fueron Lorena Rizzi, Romina Vivian, Mariana Rearte que volvió de España y María Eugenia Solari.

María Eugenia Solari. Yo he preguntado por años qué había pasado con ella. ¿Por qué siendo una de las chicas más populares del curso nunca había ido a la fiesta de la Farola?

-Todas están casadas y tienen hijos. Menos María Eugenia. Pero la verdad están irreconocibles. Están gordas. Romina por ejemplo tiene las caderas enormes. –

Carina hizo un gesto previsible con sus manos pero a su cara se le escapó una mueca de triunfo.

-María Eugenia está muy linda. Te diría que hasta está mejor. Sé tiñó el pelo de negro. Está flaca. Bueno, ella siempre fue bonita. –se detuvo un momento, se dió tiempo para decir las próximas palabras. –Te digo que las únicas que estamos bien somos María Eugenia, yo y vos.

Ahí estaba, una revancha que Carina había soñado a través de los años se había materializado. De pronto en ese aire acondicionado, rodeadas por otras mesas de señoras que se juntan a tomar el té, yo que me había preguntado tantas veces por María Eugenia Solari como si perteneciera a una tierra distante, comprendí que no éramos tan lejanas.
Tal vez todas nosotras estábamos a sólo una pesadilla de distancia.