jueves, 5 de febrero de 2009

El bar moderno


Hay un olor a recién horneado que llena el aire. Mara se sienta en un bar moderno de un barrio que alrededor del mundo toma distintos nombres y acá se lo conoce como Palermo. La esquina es una gran vidriera. Afuera la tarde es fría. Adentro, animales de fábula, mesas rosadas y Jesús con el corazón en llamas conviven civilizadamente. Una chica vestida de chef, su turbante y un largo cuello, deambulan bellamente hacia la puerta y vuelven.
La moza se acerca.
Cuando ordena, Mara intenta subrayar su “Buena Onda” con un chiste. La moza, no parece registrarlo. Se arregla las babuchas, estira su delantal hecho de remiendos. Durante el resto de la merienda, solamente le mostrará el perfil donde tiene tatuada una araña.
Más allá, una mujer de unos 40 años, aspecto de ejecutiva fresca, espalda erguida y una laptop, comparte una conversación con otra mujer y su laptop. “Son socias, o colegas del medio, pero no amigas. Especula Mara.” La primera hace círculos en el aire con ambas manos, con la actitud de quien diserta sobre cosas serias. Al llegar la cuenta, hará un énfasis corporal en decir que “Ellapaga”. Y la otra no opondrá resistencia.
En el centro, ríe un grupo de gays cosmopolitas. Ítem infaltable. Pertenecen a la etnia más selecta. En sus conversaciones mencionan pasajes a ciudades exóticas del mundo, conseguidos en internet por sólo 500 dólares; París y el jet lag, y de ser posible (esto no es excluyente, pero se toma en cuenta) deben matizar su español con algún tipo de entonación extranjera. Este grupo en particular, consciente de reunir todos los requisitos, pide “Si por favor” alguien puede sacarlos en una foto. Después de todo tal vez pasen de 3 a 6 meses hasta que puedan volver a conseguir por internet, otro pasaje que los lleve a una ciudad exótica, en donde tomar un cappuccino como en cualquier otro bar moderno del mundo, por sólo 500 dólares.
A continuación, vemos dos madres de sociedad que se han permitido romper algunas reglas. Su aspecto muestra, que por principios, han dejado de hacerse peinar todos los días, como lo hacían sus madres. Cada quince es suficiente. No es cuestión de exagerar.
Una delicada rubia, sacada del catálogo de hijas rubias, las acompaña bebiendo té. De tanto en tanto interviene con frases como: “Se fue a Egipto”, “el campo de Matu” y “tiene mucha guita”. Eso es todo, después vuelve al catálogo.
Al llegar la moza con las babuchas y la cuenta, una de las madres la hará repasar en voz alta y con sumo detalle, cada ítem de lo que se les está cobrando.
Muffins, todo okay, wafles, muy bien, ensaladas con rúcula, perfecto. Justo cuando la moza esté retirándose, necesitará re-preguntar:

-¿Disculpame, y estos $6.-?

-Las limonadas.

-Claro. -Y seguirá hablando con la otra madre.

Con el primer sorbo de café, Mara se quema. Intentando contener una lágrima con un bollo de papel, se volcará encima un poco de café. Abrirá el libro de Krisnamurti en cualquier página para disimular.

La luz ha comenzado a alargar las sombras de la pareja que se aburre lo más cerca de la ventana posible. Ella mira su café. Él desde su buzo a cuadritos y las zapatillas de Willy Wonka mira hacia la calle. Mordisquea su celular. Bosteza sin disimulo. Tamborillea el pie con la zapatilla de Willy Wonka, esperando que aparezcan los Umpa Lumpas. Suena su celular ¡Gracias a Dios! le ha puesto el ringtone adecuado para que alguien más lo note. Cuando corte, le comentará a su compañera, con la frente contraída, que hubo un nuevo contratiempo y que él tiene que volver a grabar. Al salir, ella sostendrá el marco de la puerta y él pasará primero. Se cruzarán con los que entran. Un entrepreneur joven y su hijo, dan un paso al frente. Visten igual. Chombas de mangas largas, collares de cuentas y chaleco 80s. El niño hiperestimulado toca todo con los dedos. Trata de captar la atención de su padre haciendo un comentario gracioso. El padre ríe. En quince años, cuando haya crecido, tal vez lo utilice otra vez y a alguien más le parezca gracioso. Entonces, su entrenamiento habrá dado resultado.

La gran vidriera parece ser verdaderamente entretenida para los de afuera. Los autos que dan vuelta a la esquina no pueden dejar de mirar. Un Citroen Picasso dobla veloz. Adentro una mujer con la nariz en vendas, observando tras unas gafas oscuras, sabe que todavía no está lista para entrar en escena y acelera.
Deben ser más de las seis de la tarde. El ajetreo de las construcciones, de las altas torres que pronto rodearán la zona, ha cesado. Manadas de albañiles perfumados, pasan con la mochila al hombro. Al llegar a la vidriera, alguno se permite alzar la cabeza y mirar de reojo. El resto continúa sin mirar atrás.
Mara anota. Del café con leche queda un resto azucarado. El muffin es un pellizco en el plato. El libro de Krisnamurti se mantiene cerca.
Un pequeño ayudante de cocina, al que se le permite estar adentro, se acerca. Las mismas babuchas y el mismo delantal de remiendos que viste la moza, él se limita a llevarlos puestos. Bajando la mirada, pide Disculpas Señora tengo que abrir la puerta de la despensa. Adelante dice Mara con gesto amigable y dejando ver que después de todo, ella lee a Krisnamurti. Pero él no lo registra y la pasa de largo. Abre una pesada puerta negra que hay en el piso, lo suficientemente alejada como para que no necesitara una disculpa previa. Hurga un rato entre las cosas de abajo. Su cuerpo está medio metido en la tierra, la espalda arqueada deja ver cada hueso de su columna vertebral. Cuando sube a la superficie, parece no reconocer el aire. Lo respira con precaución, pestañea varias veces. Por un instante se queda abandonado. En una deriva invisible. Flotando. Segundos después un sutil espasmo lo conecta. Reinicia el programa, cierra la puerta y comienza a volver.

-Disculpame, –dice Mara–si la ves a la moza, no le pedís que me traiga la cuenta

-Ahora mismo le digo –contesta – y disculpe las Molestias, Señora.

Mara cierra el libro y lo observa irse.
La puerta del baño ha quedado entreabierta. Algo comienza a mezclarse con el olor a recién horneado. Sin embargo, nadie parece notarlo. Cada uno continúa actuando de acuerdo a la programación que le tocó en suerte.

8 comentarios:

loro dijo...

che, me divertí mucho con este. es muy cínico! lo prefiero a lo azucarado del anterior. me hizo reñir la parte del willy wonka. saludos

... dijo...

increible, a mi me pasó al revés loro, este me parece azucarado -pero no de azúcar sino de ciclamato- y lo anterior lo sentí más deadeveras. me estaré poniendo vieja...

Anónimo dijo...

yo no se si soy el desempate pero estoy de acuerdo con ambos. me gusta el anterior y este pero lo veo mas ciclamato!!

jose miguel dijo...

¿No me digas que ves a la gente como clips de playmovil? Yo jugaba con ellos. Y luego te llaman Señora, si sigues siendo niña. Tengo blog ya.

mara gena dijo...

jeje, no los playmovil eran un ejemplo ilustrativo nomás. qué bueno lo de tu blog. ya me meto...

burocracia dijo...

Me quedo con la curiosidad de saber en que página del catálogo me hubiese tocado estar si por casualidad hubiese estado esa tarde tomándome un café en Buenos Aires...

Anónimo dijo...

Me gustó mucho. La descripción de los personajes o personas es muy real. Me recuerda, no sé porque a "Arsénico y encaje antiguo" pero sin encaje, mucho más moderno. Hay más para destripar, adelante! AnaM

Anónimo dijo...

1.- Es oompa-loompas, no umpa-lumpas(perdonáme, parece una nimiedad, pero es más fuerte que yo = remember KathArine Hepburn)
2.- No sé, cuando leo la expresión "manada de albañiles" siento como un cosquilleo que me inquieta;¿será que tengo mi hiperdesarrollado sensor antidiscriminación encendido y a máxima potencia? AZ

AZ