viernes, 8 de mayo de 2009

Cuentos de peluquería


Aún permanecía en el baño. Sostenía la tijera, no me animaba a soltarla. La cara me miraba desde el espejo y sus ojos, fijos en mí, mostraban la clase de sorpresa que siente la razón ante lo insólito.

Mi teoría es ésta: una mujer cuando sufre, está en crisis o simplemente siente que el desarrollo de su guión vital carece de la apropiada cantidad de romance, se corta el pelo. Algo en su interior se ha desplazado de lugar o se ha bloqueado y por lo tanto se ha producido un cambio. La mujer no puede esperar para confirmar su mutación en el exterior. Hacerla clara y visible para todos.

Mi problema es que detesto las peluquerías. Desde niña sospecho mi fobia. La última vez que entré a uno de esos antros, se quebró definitivamente mi mesura impertérrita ante las influencias macabras.

Era un local de cadena con piso de porcellanato sobreiluminado y lleno de anónimos aspirantes a un nombre como el de la puerta. Por no desentonar con las costumbres lugareñas me hallaba hojeando una revista, cuando me asaltó una arpía con aspecto de peluquero joven. Este hombre delgadísimo y morocho llevaba un corte de cabello abstracto con mechones rojos, que mostraban su determinación profesional para convertirse en extraterrestre. Al hablar, salían palabras fruncidas de sus labios turgentes. Era extraño ver una boca así practicando tan arduamente el decoro.

Su primer tema de conversación fue Pampita, la modelo. Hablaba de ella con esa devoción dorada que embargaba a las abuelas al evocar a Libertad Lamarque. Necesitó confesarlo con un rictus constreñido: “Él” había peinado a Pampita en un desfile de ropa interior. “Él” daba fe de que sus carnes estaban firmes, de que era hermosa y buena como las alondras y los petirrojos. Acto seguido sacó un álbum. Ojalá mintiera, pero sacó un pesado libro de cuero y comenzó a mostrarme las fotos junto a la diva. “Él” sobando su nuca. “Él” enrollando un bucle de su cabeza. “Él” parado a su lado. Ambos ostentando el mismo talle y la misma sonrisa.

Reconozco ahora entre las cosas que me enfadan “la situación del festejo”. Ese momento en el que alguien te apremia para repetir “Qué bueno, qué lindo”, y hay hasta quien pretende un “¡Qué fantástico!”, antes de darse por satisfecho. Debo confesar que mi entusiasmo había sido notoriamente mal fingido y escaso. El peluquero cerró el álbum de un golpe y comenzó a peinarme con un fervor vil. Tiraba de los mechones como si fueran nabos a arrancar de la tierra. Su conversación cayó como cuervo sobre el estado de mi cabello. Intentó azuzarme con lo mal cuidado que se encontraba. Arremetió contra la terrible y espantosa conjura de hermafroditas que había realizado mi última tintura (que por cierto había sido en otro local de la misma cadena). No creo que este joven conociera el significado de la palabra “eufemismo”. Me dió a entender sin ambiguedades que mi cabello era un estropajo.

Pero la esperanza se encendió automáticamente como las luces fotosensibles. Existían sobre esta tierra ciertas “cremas restauradoras” que prometían alcanzar la inmortalidad. En todos y cada uno de los envases plateados o tornasolados que me iba recomendando, yo tendría la salvación a mi alcance. Y debo reconocer que su precio era muy módico tratándose de la redención del alma, aunque excesivamente caro para restaurar las puntas del pelo únicamente.

Utilicé mi más sobria amabilidad para rehusar esos productos y mágicamente cesó su charla. La hoguera de hielo que brillaba en su mirada un segundo antes, se extinguió. Continuó sin embargo tironeándome del pelo con desprecio, pero si decir palabra. Al terminar el secado, al cual me hubiera negado de ser primavera, dió vuelta mi silla de un giro brusco y pude verme. ¡Dios Mío, su odio había tomado la forma del merengue sobre mi cabeza! Ese día corrí a casa, como un monstruo perseguido por pueblerinos con antorchas de fuego.

Fue la última vez que ingresé a una peluquería. Y si bien no es una decisión irrevocable, hasta ahora cuatro años después, goza de cierta estabilidad de vigencia. También ha exsitido el caso contrario. ¡He ido a cortarme el pelo con un mismo peluquero con una fidelidad de hasta cuatro veces! No fue hasta la cuarta visita que noté que el hombre estaba chiflado.

No era lo suficientemente peculiar como para ocasionar extrañeza o interés. Era un chico de veintidós o ventitres años, de peinado raro a reglamento. Su habilidad mayor consistía en permanecer callado. En una peluquería se puede llegar a apreciar el silencio con verdadera vehemencia. Cortaba bien y a lo sumo hacía un chiste menor o para sus adentros. Para mí representaba un ser casi utópico.

Pero un día una de mis preguntas intencionalmente vagas dió con una respuesta tan precisa, minuciosa y desesperada que simplemente se me fue el habla. Su novia lo había dejado. Él era un buen partido para ella, lo sabía bien. Ella ganaba razonablemente para lo que hacía, que no era mucho. Iban a bailar los viernes, tenían relaciones tres veces por semana y comían en tenedor libre los sábados a la noche. No podía comprender qué le había agarrado. Comenzó a alterarse al exclamar repetidas veces que ella estaba loca. “¡Todas las minas están locas!”, dijo con ojos inyectados en sangre y blandiendo la tijera en el aire.

Dentro de mis desatinos en la elección de peluquerías, comprendí que escoger una a sólo dos cuadras de tu casa, puede resultar muy incómodo. Ahora cada vez que inevitablemente nos encontramos en una recta sin árboles o frente a frente cruzando la calle, en un día propicio para el duelo, me veo obligada a poner mi mejor expresión de: “Oh, creo que me dejé un pinguino en el fuego” y a tomar otro rumbo. Mientras él, sin comprender nada y probablemente confirmando su teoría sobre el desquicio femenino, hace como si mirara el suelo en busca del último lugar donde hizo pis.

He intentado, como parte de algún ejercicio analítico ocioso, determinar el momento en que surgió en mí tal suspicacia hacia las peluquerías. Existe una encrucijada en la vida de una niña donde comienza a definir el camino de mujer que desea andar. Yo tendría 8 ó 9 años cuando lo sentí por primera vez y supe que el cabello era una parte fundamental del asunto. Tuve la iluminación viendo otro capítulo repetido del Agente 86. Deseaba parecerme a la 99. Esa mujer representaba el paradigma de distinción histriónica. La única que podría acercarse a la elegancia de la Pantera Rosa, aún con la visible desventaja de ser humana. Toda una hazaña a mis ojos.

Era cuestión de verla bajar las pestañas postizas ante las incongruencias de Max, bailar Agogó con sus muñecas esbeltas sometiéndose a los ritos del azar o cuando desenfundaba su pistola roja y luego hablaba con su esponja, para comprender que llevaba la vida más interesante del mundo.

Fue así que acompañar a mi madre a la peluquería, de pronto, tomó un sentido imperativo. Esperé la próxima visita a lo de Marta con anhelo. La peluquería quedaba en su casa de Santos Lugares. Para acceder se golpeaba suavemente la ventana y su hermana Luisa, quien a veces harta de cebar mate la ayudaba con alguna tintura, te entregaba las llaves de la puerta.

Marta era una mujer sobre la que alguien siempre se compadecía en los siguientes términos: “Se desloma trabajando y el marido es un vago”. Era una mujer ínfima y renga que mantenía a su amplia familia con el sudor del brushing. Alguien que a pesar de verse rota e inadecuada, demostraba cada día que permanecería entera donde los más aptos fracasaran. Ella podría pronunciar la palabra “bigudíes” con firmeza incansable. Jamás se daría por vencida ante el platinado remoto de una morocha carbónica o las desmedidas exigencias de spray en las viejas sordas.

Al sentarme en la improvisada silla para chicos y colocarme el delantal de plástico con olor a indestructible, confié en la determinación de Marta. Si había alguien en el sistema solar capaz de transformar mi cabello hirsuto, cerdoso y tieso en el corte perfecto de la 99, era ella.

–¿Como lo vas a querer cortar? –me preguntó desde la baja llanura de sus gestos.

–Como la 99 –dije esperanzada.

Lo que se produjo después cayó en mi bolsa de desconciertos. Marta no conocía a la 99. Nunca había visto al agente 86, ni sospechaba de Caos. La mujer sin derrotas no era capaz de comprender hacia dónde debía librarse la contienda. Estaba ciega en pleno campo de batalla. Mi resignación fue necesaria, no había posibilidad alguna de victoria.

Ahora frente al espejo me remontaba a la larga serie de situaciones que me había conducido a hacerlo. A cortarme el cabello yo misma. La amorfia descansaba en mechones sobre la frente intentando permanecer indescriptible o, con un poco de suerte, lejos de los adjetivos. Lo cierto es que ni siquiera había podido hallar misericordia en mi propia mano.

15 comentarios:

Anónimo dijo...

Especial como siempre Mara. Haces de lo diario un tema de curiosidad e interes mayor. Me gusta mucho como escribes y, ya que estamos Maxwell Smart era para mi como una especie de idolo en reversa y confieso haber estado un poquito enamorado de la 99. Un abrazo grande, princesa de la cotidianeidad. Fobio

Anónimo dijo...

Realmente un encantador encuentro con el pasado reciente, porqué no? Admiro tu fina costumbre de narrar lo cotidiano como el mejor de los cuentos. ese toque tan "tuyo" del comentario ácido lo enriquece y lo vuelve impronta. Muy Bien. Am

burocracia dijo...

Estimada Mara:

Estoy taaaaaaaaaaaan atrasadoooooo pero prometo volver en estos días, leerme TODO lo que debo y opinar al respecto ;)

Pero no creas que te vas a salvar de mi tan fácil, sólo estuve de gira por algunos países y después con mil cosas por acá.

Saludos!
e.

mara gena dijo...

Hola Burocracia, se te extrañaba. Gira x países? qué intrigante...
M

Ricardo Capara dijo...

Sos la 99, con otro peinado porque los años pasan y las peluquerías también.

Alicia Castelo Loureiro dijo...

Hola! He descubierto tu blog gracias al premio Blog del día. La verdad es que me he contenido para no leerlo íntegramente hoy (tengo que estudiar jeje) pero en cuanto pueda, lo haré.
Te felicito, me ha encantado ^^
Y confieso que yo no dejo a nadie que me corte el flequillo tras un par de experiencias, que en mi mente recuerdo casi como gore por las ansias de asesinar de forma retorcida (y con mucha sangre) a mi peluquera... Al final me contuve y llegué a la conclusión, sin duda más pacífica, de cortarme yo el pelo xD
Después de este testamento... un abrazo! ;)

mara gena dijo...

Jajaja! Gore totalmente!
Gracias por leerme, me alegraste infinitamente con tus palabras. B. Mara

Jackeline dijo...

Hola
Estuve visitando tu Blog y está excelente, super te felicito.
Me encantaría colaborar contigo, añadiendo tu blog a mi directorio.
Si lo deseas no dudes en escribirme mi email es jackiesilvajauregui2hotmail.com.
Te deso mucho éxito con tu blog.
Un beso
Jackie

PaUh dijo...

Definitivamente, una mujer cuando está en crisis, se corta el pelo en busca de un cambio físico y de una tempestad que le sacuda un poco el mundo y renueve su forma de sentir.

Apoyo tu moción.

Besos nena y, como siempre, ha sido un gusto pasar por aquí a leerte!

burocracia dijo...

Querida Mara:

Los hechos del destino hacen que lea esto después de venir del peluquero. Claro que la situación es un poco diferente: Soy hombre. Eso, definitivamente, cambla claramente las reglas de juego. Uno va, digamos que cuando tiene cierta intención u obligación de prolijidad, cada 20 días. El peluquero lo mira, pregunta poco o nada respecto al corte en cuestión, hace lo mismo de siempre, o lo mismo que hizo el anterior, osea: poco, y con suerte emite alguna serie de comentarios futbolísticos alusivos a la catástrofe goleadora del fin de semana pasado. Para nosotros nunca hay un plan demasiado concreto con ir a la peluquería, a veces uno entra simplemente porque pasó por la puerta y nada en casa exije una presencia veloz.

Nunca fuí demasiado fiel a los peluqueros, será por mi vida de nómade en la que cada tantos años me mudo de ciudad/país/barrio/y/o/continente. Pero hay algo terrible y es que los peluqueros de la infancia no se olvidan. Ese ser triste con tijeras grandes, terror de orejas infantiles, pisos de cuadros blancos y negros, sillas grandes y paisaje de navajas apiladas.

Claro que es un concepto de peluquería que ya no existe en muchas partes. Ahora todo es veloz y franquiciado. Rozando el anonimato de un MacDonald's. Podés contar los segundos antes de enterarte de la venta de cremas milagrosas, los tratamientos, etc. Los comentarios son idénticos, al igual que el uniforme de los peluqueros en cadena. Y entonces uno apelando a la típica nostalgia se pregunta siempre lo mismo: ¿Dónde quedaron esos días lejanos, con cuadritos de concursos ganados tijera en mano? ¿Dónde quedaron las secuencias fotográficas, toma por toma, del cambio violento a una pobre modelo? Grandes misterios que se van con el cabello y con los años.

Siempre tuve una gran intriga respecto a los concursos de peluqueros. ¿Dónde se hacían? ¿Quién era el jurado? ¿Por qué uno nunca se enteraba nada más que por los rastros fotográficos en las peluquerías?

Pero no todo está perdido y automátizado en todos lados. Y a veces, cuando aprovechando mi nomadismo generalizado me pierdo en esos lugares misterisos de América latina, cruzando esas líneas del tiempo insospechado, uno se encuentra con rincones mágicos alusivos. Uno de esos rincones es el que por ejemplo hay debajo de la casa presidencial en Ecuador: Un viejito con tijeras y navaja, con la paciencia que solo te da la certeza de la muerte, en una especie de garage de los 40s con ubicación privilegiada, donde podés cortarte el poco cabello que te queda a una velocidad desacostumbrada, apostando a que el temblor de sus manos armadas no liquide lo que queda de tu vida.

Pero si que vale la pena experiencia!

Un comentario final, alusivo a tu texto: Santos Lugares me recuerda inevitablemente a los viajes en tren a Bella Vista, a ver a mi abuelo por esos territorios alguna vez desconocidos de Buenos Aires.

Besos
e.

mara gena dijo...

Jeje! intención u obligación de prolijidad que frase tan tentadora para el robo (oh). Sí, hay todo un tema con eso de las peluquerías extintas. Yo conocí una a la que iba justamente mi abuelo, donde el Portugués (el dueño que hablaba con acento) tenía una única foto de un concurso de peluquería ganado.

Cambiando de tema sabés que tu figura (virtual) me hace pensar en Robin Masters. Lo tenés? es el escritor millonario que contrata a Magnum en la serie de tv.

burocracia dijo...

juas, y eso por???

mara gena dijo...

Bueno un par de razones:
1-Viaja siempre por el mundo
2-Es escritor a eso debe su fortuna
3-Siempre es virtual. en la serie nunca se ve.
jujuju! pero yo he dado con él. Beso! M

burocracia dijo...

Recorcholis, es hora que deje de salir en mi ferrari antes que me descubran ;)

elrockerojc dijo...

Muy bien Mara, leí tu cuento y me ha encantado. ¡Me haz hecho reír! Aquí se dice que eres capaz de escribir con ironía acerca de la cotidianeidad, yo no sé como lo definiría... Simplemente podría decir que me deslizo por tus palabras y al mismo tiempo me sumerjo en lo que tú redactas. Es casi como si yo estuviese ahí. Tal vez porque algo de eso hay. jajajaja : )
Besos.