jueves, 15 de octubre de 2009

La puerta giratoria

De niña Ana tenía dos patios. Tenía dos patios, dos jardines, dos casas, dos perros, dos madres. Trece gatos. Las repeticiones y las rarezas habían entretejido en ella un particular entendimiento de la realidad. Nunca había podido distinguir con certeza el umbral de salida de los sueños y la puerta de entrada al mundo real.

Esto, que para otra persona podría resultar alarmante, en ella resultaba natural. Jamás se había inquietado al encontrar seres de pesadilla en plena calle y viceversa. Comprendía también —esto se lo habían enseñado sus madres— que los sueños acercaban mensajes y que era preciso estar disponible para recibirlos. Si por alguna razón no recordaba lo que había soñado, durante el día aparecía alguien o algo que se lo evocaba. Así sucedía y Ana nunca se sobresaltaba. Durante el transcurso de su vida había visto adivinos, ciegos, locas, perros bicolor, mujeres con gallinas en la cabeza, un origami de caras que se abría imprevistamente para disipar la niebla de su olvido. Ella siempre escuchaba sin inmutarse.

Pero esa noche el soñar fue diferente.

Viajaba en colectivo. Sentada del lado de la ventanilla, comenzaba a observar las calles. No parecía existir peligro. El cielo estaba completamente despejado y había sol. “Sin embargo, algo va a ocurrir” le decía una voz irreconocible y familiar. Ana se estremecía y se frotaba los brazos como si quisiera darse calor. Lo inminente estaba cercano. Podía sentirlo en el peso extra de su pecho. De pronto tocaban su hombro.

Ana despertó sobresaltada. Al llegar al baño se lavó la cara varias veces. “La sensación es completamente diferente”, dijo mientras se dejaba mirar desde el espejo. Se vistió apurada. Afuera, no había una sola nube y eso le pareció aterrador.

Mientras esperaba el colectivo una impresión le dió de lleno. Ya había tenido ese mismo sueño antes. ¿Cómo no lo recordaba? De pronto se dió cuenta. Estaba atrapada en una puerta giratoria de las que alguna vez le hablaran sus madres. Una vez adentro las escenas se repetirían inevitablemente hasta que pudiera romper con la cadena. Necesitaba despertar de verdad. Sintió miedo. ¿Qué significaba estar realmente despierta?

En el 110 quedaba un último asiento libre junto al pasillo. Esto la tranquilizó. No se sentaría junto a la ventanilla como en el sueño. Avanzó despacio, el vehículo se movía como si no hubiera sido domado. Ana cayó en el asiento con horror. A su lado había una mujer que le daba la espalda. Temblaba y parecía estar abrazándose a sí misma mientras miraba hacia la calle con desesperación.

Ana extendió el brazo.

9 comentarios:

... La Morocha dijo...

aterradoramente dulce o dulcemente aterrador. me encantó

Anónimo dijo...

Me encantó! Viste "el dia de la marmota", es una pelicula sobre el dia recurrente y repetitivo. Vivi

PM dijo...

"Una flor amarilla", de Cortazar. Si no lo leíste
fijate como se siguen duplicando las cosas.

Anónimo dijo...

Muy bueno!!! es la primera vez que leo tu blog. te encontré en OBLOGO y tb me gustó el cuento. saludos. Maru

CadavreExquisit dijo...

Normalmente entro en tu blog pasando desapercibida, pero este relato me encanta... Espero el próximo con curiosidad ¡un saludo!

mara gena dijo...

Te agradezco que esta vez no hayas pasado desapercibida! =)

Neuronas en Fuga dijo...

Hola Mara, necesitamos que te pongas en contacto con nosotros!!
Te enviamos un mail!!

Besos!!

Patricia dijo...

Qué bueno encontrarnos con estas puertas giratorias que nos dan trabajo... tal vez hasta nos devuelvan a nosotros

Anónimo dijo...

Ezequiel dijo...

Le tengo miedo a cuatro cosas. A los globos (Especialmente a los que tienen helio), a los maniquies, a los cuadros de Goya (Quien me alegra que haya muerto) Y a las puertas giratorias. Será una estupidez, pero siempre tuve la espantosa fantasia de quedarme encerrado en una puerta giratoria. Estoy en etapa de dilusidar mi panico a los globos (Ya casi lo tengo). Y Goya es un siniestro hijo de puta. (Tras cartón mi final de Creatividad trato sobre el, Lo ironico es que fue el mejor trabajo del año).