jueves, 29 de octubre de 2009

Recursos para evitar el enojo

Sofía jugaba junto a los rosales en el patio de su nueva casa. Ella, su madre y su hermano menor se habían mudado en el mes de las espinas y ya comenzaba el tiempo de las flores. Al principio nadie se había fijado en las plantas. Su madre pensaba que por ser una casa tan vieja estarían secas. Sin embargo con el inicio del calor comenzaron a brotar como si el sol les hubiera arrojado granos. Ahora las rosas engordaban cual gallinas.

“Rojas, blancas y amarillas pero con pétalos en vez de plumas”, se decía Sofía y volvía a repetirlo porque nombrar colores siempre la alegraba.

Desde que su mamá se separó de su papá no habían existido sobrantes de diversión. Era como cuando se iban de vacaciones y su mamá le decía: “Nena, si tenés ganas de hacer pis andá ahora porque después no paramos hasta llegar”. Sofía aplicaba ese mismo criterio al resto de las escaseces y aprovechaba al máximo las felicidades.

La palabra “Escasez” la había aprendido recientemente porque comenzaba a abundar en boca de su madre. También mencionaba mucho la palabra “Recursos”. “Tal señor tiene recursos” o “Para hacer aquello se necesitan recursos” o “Faltan recursos para conseguir lo otro”. Según lo entendía Sofía, no era cuestión de tener más sino de pedir menos. Sabía que pedir una bicicleta menos o desear una muñeca menos podía generar “recursos”. Por lo tanto había comenzado a practicar una menor cantidad de caprichos.

También comprendía que para los adultos el tema era serio. Guardaban en él las esperanzas y espantos que producía el dinero. Sofía no podía dejar de sospechar que a la gente grande se le había encogido el tamaño del significado. Justo como le pasó a su mamá con las medias de Pablito cuando las lavó con agua caliente.

Ella prefería germinar sus propias ideas al respecto. Por ejemplo, su mamá que era muy buena cocinera ahora se dedicaba a ser “Repostera”. Y Sofía sabía que sus “Recursos” eran extraordinarios. Si ella había visto cuando sacaba animales selváticos de las tripas del mazapán; cuando les concedía sonrisas a los autos; o cuando aparecían las libélulas, las torres y los guerreros donde antes no había más que un desierto de bizcochuelo.

¡Ella había estado presente cuando su madre creó una princesa, como hacían las hadas madrinas con las cenicientas!

Pero cuando el trabajo se terminaba y la torta se iba, en las manos solo quedaba dinero y su madre volvía a pensar en los “Recursos”.

Sofía se daba cuenta porque a su madre se le evaporaban las sonrisas y su voz iba levantando polvo por los sustantivos. Después de eso venía el enojo. Hacía madrigueras y túneles por ese territorio seco y cuando menos se lo esperaba saltaba de algún hueco y mordía. Sofía no era ignorante. Sabía por experiencia que el enojo podía tener los dientes afilados. Ella había sentido más de un tarascón cuando su compañera de banco prefirió ser amiga de la chica de cartuchera doble en la clase y helados de frutilla en los recreos.

Pero su enojo se le había pasado pronto y calculó que así sucedería con cualquier otro. Que no podría durar para siempre.

Aunque el caso de su madre no parecía tan fácil. Las madrigueras de su enojo se estaban haciendo más profundas y había que hacer algo pronto.

¿Cómo mostrarle que tenían “Recursos” de sobra?

Tal vez la mejor prueba fueran los rosales. El efecto que tenían sobre su madre era evidente. Cuando ella estaba dolorida y mal después una mordida grande; o cuando caminaba triste –que es como ser mordido por un enojo más flaco y de dientes más finos pero de roer constante– por la casa parecía no haber nada que pudiera ayudarla. Parecía que la humedad y la sombra la arrastraban despacio por las habitaciones. Pero si el ventanal del fondo se paraba como un príncipe en su camino –las cortinas flameando al sol como cabellos– su expresión cambiaba. Se acercaba al patio y la siesta que dormían las flores desenvolvía su suspiro. La llevaba en brazos hasta la calma y de a poco volvía a sonreir.

En eso reflexionaba Sofía cuando escuchó un grito que venía de adentro.

–¡NO! ¡CUIDADO! ¡NO!

La voz de su madre sonaba como si el enojo la hubiera mordido feo.

Sofía entró en la cocina corriendo. Allí estaba su madre agitada y tiesa, una torta yacía rota en el suelo y el llanto estaba a punto de llover sobre la cara de su hermano.

Sofía se decidió en el acto. Esa sería la comprobación. Tomó la mano de su madre como si fuera aún más pequeña que la suya y la llevó al patio.

Afuera aparecen dos niñas
se detienen a contemplar el silencio de los pétalos

rojos, blancos y amarillos

rosas engordando
como gallinas bajo el sol

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a Patriva

11 comentarios:

PM dijo...

Jua, escuche la locución ibérica...!mortal!
Me hizo acordar al casette de la bella durmiente que escuchabamos con mi hermana, cando niños.

... La Morocha dijo...

me encantó, sobre todo cuando su voz iba levantando polvo por los sustantivos. Gracias!

theloro dijo...

Tiene una atmósfera de sueño. De cortinas y sol!!

Diego dijo...

"su voz iba levantando polvo por los sustantivos"
Me encanto.
Te dejo un saludo!

Anónimo dijo...

Muy, muy hermoso, Mara! Te felicito. Vivi

Anónimo dijo...

AAAAHHHH que maravilla que después de un tiempo de espinas venga un tiempo de rosas!Gracias y también por la Puerta Giratoria,que me llevó directo a otro espacio y otro tiempo. Ornella B. ;)

Dragon de Azucar dijo...

Los niños son más sabios que los adultos. No hay duda de ello.

Quizá debamos escucharlos más atentamente.

Saludos

Anónimo dijo...

Es bello el relato, la enseñanza que nos muestra es elocuente. Cuánto trabajo interior hay en esta escritora! Gracias por el mensaje.

Anónimo dijo...

Lo que más admiraba en Ray Bradbury (hablo de los tiempos en que lo leía), era la unión entre la prosa y la poesía.
Es lo que atisbo en tu relato.
La fuerza espiritual de las flores...
E.G.

Anónimo dijo...

Catalina Molina
"Recursos para evitar el enojo", me encanto, entre evaporar sonrisas, la noción de la escasez,y en sí los colores de tu escrito me alegraron y me enternecieron, fue mágico leerte, un saludo y un abrazo.

Patricia dijo...

Acuerdo con la señora de las fotocopias:"todo es cuestión de cómo se lo vea".

Mara, bello tiempo el que puedo invertir en leer tus palabras y ver esas imágenes. Me gusta mucho como escribís.
Patricia