jueves 12 de noviembre de 2009

La mujer que hacía fotocopias

Como le había dicho la mujer
que hacía fotocopias:
“Todo era cuestión de cómo se lo viera.”
Por ejemplo, podía ver
que habitaba
48 metros cuadrados
en un segundo piso
por escalera
o
que vivía entre árboles
a la altura de los pájaros.
Podía cargar
generaciones llenas
de mujeres bellas
pesando sobre sus hombros.
O cerrarles los ojos en la cara
y dejarlas lejanas como deben ser.
También podría ver con sus oídos
el llanto del niño
después de la pared
y comprobar que
la paciencia había muerto
con los abuelos.
Sin querer podía encontrar
que el terror
puede tomar forma
de vecina rozagante
de muebles pulidos con recelo
de marido que fuma a sus espaldas
y cuenta a las gentes de su picardía sin sal.

Si era cuestión de ver
podría elegir no ver más
al portero de enfrente
dejar que su figura se desmadeje
en un olvido fervoroso
u optar por la visión única del Rengo
que cuando se le preguntaba:
-¿Cómo anda? Contesta:
-Bien. Y si no
lo hacemos bien.
Y luego quemaba
desde su dentadura postiza
una sonrisa real
hasta hacerla Gloria

Podía empezar a creer
para ver
el otro día
una historia biblíca
ocurrió ante sus ojos.
En la estación
a eso de las cuatro de la tarde
una hora decente si las hay
apenas un perro
con cuatro patas cortas
arrancó la carrera
en un vértice de la espiral infinita
contra él corría
el tren que aullaba
y las vías sin curva
contra él corría
la alegoría, la metáfora
la mística
contra él corrían
los hijos de la maldición
contra Goliat corría
con cuatro patas cortas
y lo vencía.

Todo eso había descubierto hablando
con la señora de las fotocopias.
Una mujer que de tanto hacer duplicados
anhelaba los originales.

jueves 29 de octubre de 2009

Recursos para evitar el enojo

Sofía jugaba junto a los rosales en el patio de su nueva casa. Ella, su madre y su hermano menor se habían mudado en el mes de las espinas y ya comenzaba el tiempo de las flores. Al principio nadie se había fijado en las plantas. Su madre pensaba que por ser una casa tan vieja estarían secas. Sin embargo con el inicio del calor comenzaron a brotar como si el sol les hubiera arrojado granos. Ahora las rosas engordaban cual gallinas.

“Rojas, blancas y amarillas pero con pétalos en vez de plumas”, se decía Sofía y volvía a repetirlo porque nombrar colores siempre la alegraba.

Desde que su mamá se separó de su papá no habían existido sobrantes de diversión. Era como cuando se iban de vacaciones y su mamá le decía: “Nena, si tenés ganas de hacer pis andá ahora porque después no paramos hasta llegar”. Sofía aplicaba ese mismo criterio al resto de las escaseces y aprovechaba al máximo las felicidades.

La palabra “Escasez” la había aprendido recientemente porque comenzaba a abundar en boca de su madre. También mencionaba mucho la palabra “Recursos”. “Tal señor tiene recursos” o “Para hacer aquello se necesitan recursos” o “Faltan recursos para conseguir lo otro”. Según lo entendía Sofía, no era cuestión de tener más sino de pedir menos. Sabía que pedir una bicicleta menos o desear una muñeca menos podía generar “recursos”. Por lo tanto había comenzado a practicar una menor cantidad de caprichos.

También comprendía que para los adultos el tema era serio. Guardaban en él las esperanzas y espantos que producía el dinero. Sofía no podía dejar de sospechar que a la gente grande se le había encogido el tamaño del significado. Justo como le pasó a su mamá con las medias de Pablito cuando las lavó con agua caliente.

Ella prefería germinar sus propias ideas al respecto. Por ejemplo, su mamá que era muy buena cocinera ahora se dedicaba a ser “Repostera”. Y Sofía sabía que sus “Recursos” eran extraordinarios. Si ella había visto cuando sacaba animales selváticos de las tripas del mazapán; cuando les concedía sonrisas a los autos; o cuando aparecían las libélulas, las torres y los guerreros donde antes no había más que un desierto de bizcochuelo.

¡Ella había estado presente cuando su madre creó una princesa, como hacían las hadas madrinas con las cenicientas!

Pero cuando el trabajo se terminaba y la torta se iba, en las manos solo quedaba dinero y su madre volvía a pensar en los “Recursos”.

Sofía se daba cuenta porque a su madre se le evaporaban las sonrisas y su voz iba levantando polvo por los sustantivos. Después de eso venía el enojo. Hacía madrigueras y túneles por ese territorio seco y cuando menos se lo esperaba saltaba de algún hueco y mordía. Sofía no era ignorante. Sabía por experiencia que el enojo podía tener los dientes afilados. Ella había sentido más de un tarascón cuando su compañera de banco prefirió ser amiga de la chica de cartuchera doble en la clase y helados de frutilla en los recreos.

Pero su enojo se le había pasado pronto y calculó que así sucedería con cualquier otro. Que no podría durar para siempre.

Aunque el caso de su madre no parecía tan fácil. Las madrigueras de su enojo se estaban haciendo más profundas y había que hacer algo pronto.

¿Cómo mostrarle que tenían “Recursos” de sobra?

Tal vez la mejor prueba fueran los rosales. El efecto que tenían sobre su madre era evidente. Cuando ella estaba dolorida y mal después una mordida grande; o cuando caminaba triste –que es como ser mordido por un enojo más flaco y de dientes más finos pero de roer constante– por la casa parecía no haber nada que pudiera ayudarla. Parecía que la humedad y la sombra la arrastraban despacio por las habitaciones. Pero si el ventanal del fondo se paraba como un príncipe en su camino –las cortinas flameando al sol como cabellos– su expresión cambiaba. Se acercaba al patio y la siesta que dormían las flores desenvolvía su suspiro. La llevaba en brazos hasta la calma y de a poco volvía a sonreir.

En eso reflexionaba Sofía cuando escuchó un grito que venía de adentro.

–¡NO! ¡CUIDADO! ¡NO!

La voz de su madre sonaba como si el enojo la hubiera mordido feo.

Sofía entró en la cocina corriendo. Allí estaba su madre agitada y tiesa, una torta yacía rota en el suelo y el llanto estaba a punto de llover sobre la cara de su hermano.

Sofía se decidió en el acto. Esa sería la comprobación. Tomó la mano de su madre como si fuera aún más pequeña que la suya y la llevó al patio.

Afuera aparecen dos niñas
se detienen a contemplar el silencio de los pétalos

rojos, blancos y amarillos

rosas engordando
como gallinas bajo el sol

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a Patriva

lunes 19 de octubre de 2009

El Balde en OBLOGO!



Se vino la tercera de OBLOGO!! Ahora se puede votar por este y los relatos aparecidos en 8, 15, 21 en http://oblogo.com/index.php/listado.html

jueves 15 de octubre de 2009

La puerta giratoria

De niña Ana tenía dos patios. Tenía dos patios, dos jardines, dos casas, dos perros, dos madres. Trece gatos. Las repeticiones y las rarezas habían entretejido en ella un particular entendimiento de la realidad. Nunca había podido distinguir con certeza el umbral de salida de los sueños y la puerta de entrada al mundo real.

Esto, que para otra persona podría resultar alarmante, en ella resultaba natural. Jamás se había inquietado al encontrar seres de pesadilla en plena calle y viceversa. Comprendía también —esto se lo habían enseñado sus madres— que los sueños acercaban mensajes y que era preciso estar disponible para recibirlos. Si por alguna razón no recordaba lo que había soñado, durante el día aparecía alguien o algo que se lo evocaba. Así sucedía y Ana nunca se sobresaltaba. Durante el transcurso de su vida había visto adivinos, ciegos, locas, perros bicolor, mujeres con gallinas en la cabeza, un origami de caras que se abría imprevistamente para disipar la niebla de su olvido. Ella siempre escuchaba sin inmutarse.

Pero esa noche el soñar fue diferente.

Viajaba en colectivo. Sentada del lado de la ventanilla, comenzaba a observar las calles. No parecía existir peligro. El cielo estaba completamente despejado y había sol. “Sin embargo, algo va a ocurrir” le decía una voz irreconocible y familiar. Ana se estremecía y se frotaba los brazos como si quisiera darse calor. Lo inminente estaba cercano. Podía sentirlo en el peso extra de su pecho. De pronto tocaban su hombro.

Ana despertó sobresaltada. Al llegar al baño se lavó la cara varias veces. “La sensación es completamente diferente”, dijo mientras se dejaba mirar desde el espejo. Se vistió apurada. Afuera, no había una sola nube y eso le pareció aterrador.

Mientras esperaba el colectivo una impresión le dió de lleno. Ya había tenido ese mismo sueño antes. ¿Cómo no lo recordaba? De pronto se dió cuenta. Estaba atrapada en una puerta giratoria de las que alguna vez le hablaran sus madres. Una vez adentro las escenas se repetirían inevitablemente hasta que pudiera romper con la cadena. Necesitaba despertar de verdad. Sintió miedo. ¿Qué significaba estar realmente despierta?

En el 110 quedaba un último asiento libre junto al pasillo. Esto la tranquilizó. No se sentaría junto a la ventanilla como en el sueño. Avanzó despacio, el vehículo se movía como si no hubiera sido domado. Ana cayó en el asiento con horror. A su lado había una mujer que le daba la espalda. Temblaba y parecía estar abrazándose a sí misma mientras miraba hacia la calle con desesperación.

Ana extendió el brazo.

jueves 8 de octubre de 2009

El balde

En casa existe un grupo de cosas con tendencias suicidas. Hoy mi balde rojo se ha tirado por la ventana.

En realidad se da una conjunción de causas y efectos microcósmicos. Un entretejido entre las desatenciones de la gente y los deseos tatánicos que sostienen los objetos. Pretendo implicar que, al afligirse, las cosas también bajan sus vibraciones y sienten ganas de morir. En este tipo de patologías es usual que el individuo espere nuestra distracción para cometer el acto. Así nosotros también estamos implicados. Somos cómplices.

En el caso del repasador a rayas, yo estaba cocinando cuando me atacó una de esas ideas que primero temés olvidar y luego comprendés que hubiera sido preferible. En aquel momento yo tenía una necesidad orgánica de escribirla en un pedazo de papel —el cual por capricho o por venganza nunca se encuentra al alcance de las manos que lo buscan—. Me dirigí empecinada a capturarlo en otra habitación.

El instinto suicida debió ser inminente. Al volver a la cocina con la cabeza más fría después de haber desmoldado el pensamiento, comprobé que el repasador ya no estaba. Afuera llovía y soplaba el viento como corresponde a las escenas trágicas.

Con la toalla fue diferente. Necesito advertirles: las toallas 100% cotton terry son de temperamento sensible. El descuido y la tormenta deben haber empapado el algodón de su moral. ¿Cómo podían olvidarla a ella, la más carnosa de las toallas, en esa terraza llena de la pelusa de los árboles comunes?
Su cuerpo esponjoso se deshidrata con los brazos abiertos para siempre sobre un cielo de chapa.

Cuando desapareció el alicate nuestro diagnóstico fue pesimista. Sospechamos que se trataba de un típico cuadro maníaco-depresivo, seguido de suicidio. Pero logró engañarnos. Transcurrido el mes lo encontré retozando alegremente bajo las cucharas más gordas.

Debido a este comportamiento errático y libertino ahora nos referimos a él como “Alicate Escapista”.

—Necesito cortarme las uñas, ¿no vió usted el “Alicate Escapista”? —pregunta el Sr. R con medio cuerpo emergiendo del vapor.

—¿Se fijó en el revistero? —digo.

—Ah sí, acá está —contesta el Sr. R y vuelve a sumergirse en el vapor.

Recientemente un nuevo repasador se entregó al abismo. Y eso que debido a la experiencia anterior y considerando que el suicidio puede ser un rasgo heredable, me abstuve de comprar uno con estampado a rayas. Los patitos se veían tan alegres. Tal vez demasiado. Hoy el paño de sus cadáveres se encuentra sobre una medianera sucia. El broche que los sostenía se ha tirado con ellos de pura impotencia.

A causa de la muerte de los patitos, me vi envuelta en un interrogatorio. El esposo de la vecina de abajo, un hombre frío de tanto andar a la sombra, me ha detenido en la escalera y me lo ha impuesto, tomándose su tiempo y olvidando el mío. Ha empezado por hacerme notar que “cierto elemento” yacía en la medianera del vecino, un tremendo piso más abajo y sin respirar. Me ha dado una descripción tan minuciosa de su tela que me ha erizado la piel. Yo por supuesto lo he negado todo. He dicho que no había notado que en mi cocina faltara nada. A lo que él ha repuesto con mirada firme que el mío era el último piso y que por lo tanto no podía provenir de otro lugar. Para no parecer sospechosa le dije que no recordaba tener un repasador como ése y después corrí.

Lo del balde es más grave. O al menos más sonoro. Al caer hizo una sombra por mi espalda hasta estallar en el eco de la planta baja. Yo no estaba mirando. Leía enardecida cuando el viento dió un suspiro y ahí el balde aprovechó.

Ahora yace sobre un flanco, sin saber si temblar de pena o rodar de espanto.

Sé que no puedo posponerlo más. No puedo permanecer encerrada toda la tarde haciendo de cuenta que no ha caído. Que todavía está en la ventana conteniendo el rojo puro en la indolencia del plástico.

Voy a tener que enfrentarlo. Voy a tener que bajar las escaleras, tocar el timbre y esperar la puerta. Voy a tener que poner expresión reposada para no generar alarma y voy a tener que decir:

“Mirá… vengo porque mi balde se suicidó”.

viernes 25 de septiembre de 2009

El azar de los paseantes

Ésta es una tesis que no tiene orden o finalidad aparente. Tampoco persigue la comprobación científica sino sólo anímica y se basa en el fenómeno mínimo de mi propia persona.

Así de pequeño es el asunto.

Salir a caminar por la ciudad es una de mis actividades preferidas. No sólo porque rescata el coraje de los charcos tristes en los que a veces cae, sino también porque confirma que cuando uno sale a caminar sin razón descubre posibilidades que de otra manera nunca se hubiera atrevido a encontrar.

En mi caso ante todo es necesario un anzuelo de felicidad. Los sentidos —generalmente caprichosos y parciales dictando percepciones desde lo alto de sus sillas para niños— parecen más dispuestos a ayudar si se los convida de forma adecuada.

Me coloco los auriculares y dejo que “Stayin´ Alive” comience a ablandar el peor de los días. En la longitud de una vereda, la tristeza ya no puede seguirme el paso porque para hacerlo debe dejar de andar triste.

Entonces, si se superan los primeros escollos de vergüenza o exhibicionismo, el juego se activa. El ritmo de la vida cambia, presenta nuevas reglas. La primera se dicta pronto: soltar el borde del pensamiento y zambullirse hondo en el cuerpo. Salpicar otra gravedad que aliviane los alrededores mientras nosotros nos volvemos nítidos.

Aminados como bailarines en el musical ajeno nos encontramos rotando en una espiral que comienza la expansión. El azar dirige y nuestra sensibilidad guía.

Bajo las barreras se forma una escena de baile colectivo. En las “Aes” largas y agudas que suelta la melodía damos vueltas y vueltas con otras mujeres. Giramos entre las rayas rojas, blancas y rojas del paso a nivel. Desembocamos en la calle comercial donde desfilan las guerreras en botas dominantes y las señoras llenas de bolsas. Hacia los lados, se abren los matrimonios que apuntan alto hacia las vidrieras y luego, al retomar la marcha, se balancean al unísino de un mismo cuerpo monocromo.

En el semáforo brincan los cuadros de un abrigo por el taxi en fuga; irrumpe la mirada del señor maduro que no se resigna; y se practica la pirueta para eludir el batallón de progenitoras que avanza carros de bebé sobre la calle.

Entramos en la coreografía, en el torrente de monosílabos y risas, de adolescentes, de hijas con madres del brazo, de hebillas, de mochilas, de quejas, de millones de zapatos en cajas de cristal.

Más adelante se despliega un ballet de caniches espumantes y nerviosos que tira del brillo de las correas y ladra en pequeñas dosis.

En este punto, si uno aún no se ha entregado, algo le reclamará. Algún símbolo condensará el pedido. Requerirá el pago. Se dilatarán los perfumes. El olfato —generalmente muerto para la intuición — resucitará. Los Bee Gees dirán: “No estoy yendo a ningún lugar. Alguien que me ayude”.

Si el pedido se acepta, si uno se rinde ante la evidencia de que hasta las galaxias bailan, el momento interestelar abre sus cortinajes.

Doblamos en la próxima esquina.Para darnos confianza envían una sonrisa cálida, festejos lejanos en una cancha de fútbol, una sombra amigable dispuesta a jugar.

Nos acercan la ventana que contiene el rubor brotando de la mujer que bebe un vaso de agua.

Dejan una puerta abierta donde la madre peina y la vejez destierra de su hall pulido un globo celeste.

De repente nos gritan: “¡Cuidado loco!” y nos muestran a un perro de patas cortas que cruza la calle sin mirar.

Nos hacen ver, sin ambigüedades, que el sol toca la palabra “Anarkólicos” con la misma suavidad que a la tierra y a los árboles.

Por algún rato permiten que comandemos un rebaño de palomas y las hacemos correr a nuestro antojo.

El azar presta su lomo y ofrece el galope a cambio de un esfuerzo de nuestra parte. Montar el gozo sabiendo que nunca se va a quedar quieto. Que nunca reconoceremos su cara porque siempre será nueva.

En este punto se dispara el hambre fría. Una avidez de explicaciones. Calcular un significado inmóvil para los planetas. Una mano negra alcanza las casillas vacías de interpretaciones. Las miro con cariño, después de todo nada sería más fácil que llenarlas. Pero me resisto y surge dentro de mí la voz que me ha dado alguien sabio.

“¡SOLTÁ ESA CABEZA!”

Qué ruede
qué ruede por la ciudad de los paseantes
donde las primaveras
acarameladas
con excesos de tarde
se dan forma
a sí mismas
y después

se deshacen

como las nubes

viernes 11 de septiembre de 2009

Cucurucho

—Era verano y volvíamos de ver Rocky IV en el centro —dijo el Sr. R.

Serían las doce de la noche y por la ventana de la habitación entraban las luces y sonidos de una ciudad adormilada. El Sr. R había terminado de cenar. Bebía un pocillo de café y fumaba tranquilo cuando escuchó tan inesperadamente la palabra “Cucurucho”. Su semblante se había zambullido en una mirada oscura y reluciente, como el pelaje de un animal que cruza las aguas bajo la luna. Muy pronto todo el Sr. R se halló sumido en esa corriente. Unas espiras de humo comenzaron a enroscarse en sus pestañas. Tuvo que bajar los párpados con fuerza para quitárselas de encima. Finalmente dió una nueva calada al cigarrillo y al soltar el aire continuó.

“Serían las cinco de la tarde de un domingo muy caluroso. Retiro se veía vacío. Parecía que todos habían huido a refugiarse. Estaba a punto de llover y el calor aumentaba la carga de los pasos. A pesar de eso, el Tano y yo corrimos veloces el último vagón del tren que partía. Una vez adentro, echados sobre los asientos de cuero verde, nos dejamos balancear en la modorra de los satisfechos.

La película había resultado un gran baquete. En ese entonces (yo tendría trece años y mi amigo diecisiete), al Tano se le daba por hacer fierros todos los días y vestir camisetas con rigurosidad. También leía con obstinación revistas de físicoculturismo y había fortalecido cada músculo de su deseo por ver Rocky IV durante las semanas de postergaciones que le impuso el trabajo.
En la sala de cine, cuando finalmente “Ojo de Tigre” atacó sus oídos a un volumen salvaje, las ansias se le escaparon del cautiverio como una estampida. Para el Tano esa música representaba un himno triunfal cayendo golpes sobre las interminables jornadas del reparto de pollos.

Mientras el tren nos mecía mansamente, él no dejaba de canturrearlo con vigor.

Por mi parte el fanatismo con la película llevaba un avanzado cuadro de dos semanas. Yo era de los que habían podido correr al estreno. Yo era de los que repetían “corta el párpado, corta el párpado” como un imitador de la primera hora. Yo, era otro enardecido adepto de las huestes de Stallone en eterna pugna contra las de Schwarzenegger ¡Claro que no me molestaba verla por segunda vez! Si además ir a verla con el Tano era la opulencia. Pero aunque la película no me hubiera apasionado en lo absoluto, aunque me hubiera dejado en el páramo más desierto de la apatía, a mi amigo lo hubiera acompañado igual.

Por eso sé que no fue su comentario lo que consiguió irritarme, sino que mi lealtad no fuera correspondida.

Ella subió en la estación de Belgrano R. El Tano estaba muy ensimismado tarareando como para verla primero. Tendría quince años, era rubia y pequeña. Su remera revelaba una deliciosa germinación de busto y tapaba la mitad de su cola una gran mochila estampada con un corazón. La chica avanzó unos pasos con la evanescencia y la torpeza de las libélulas ebrias. Observaba todo con la admiración de quien jamás hubiera visto el artilugio del progreso andando sobre rieles.

En ese momento el Tano volvió en sí. Debe haberme sorprendido en pleno acto de mirarla, porque sus pupilas enormecieron ante mi rostro.

Yo conocía bien el paladar del Tano. Él prefería a las mujeres de una belleza menos tácita. Las que salvan sus atributos concretos de cualquier velo de imaginación y no reparan en gastos de escote. Yo sabía perfectamente que esa chica no le gustaba. Pero él me guiñó el ojo y se levantó de un salto como si realmente le entusiasmara la consquista. Se acercó a ella con caminar recio y la chica se retrajo dos pasos. De todas formas, pronto sus comisuras comenzaron a alargarse. El ruido del tren me impedía escuchar con claridad los chistes del Tano. Sin embargo, por algún azar ignorado, un comentario consiguió hacerse perfectamente audible.

—Venimos del cine —dijo y me señaló sin mirarme—. Lo llevé a mi primito que estaba como loco por ver Rocky IV.

En ese momento la pregunta se me presentó nítida e incontestable. ¿Cómo competir con el Tano? Aún salvando los años que me llevaba, el Tano era un peso pesado. Un oponente lleno de esteroides como el temible ruso de la película. Podía no ser apuesto en el ceñido sentido de la palabra y ciertamente aquella nariz que irrumpía en su cara justificaba la queja. Pero el Tano era poseedor de algo mucho más poderoso. Había desarrollado una increíble habilidad para el chamuyo.

Sus encantos eran tales que le caía bien a las abuelas hostiles, conseguía levantar el toque de queda de los padres severos y hasta era capaz de alcanzar la risa de las monjas en viajes de larga distancia que al resto, a lo sumo, los conducirían hasta Mar del Plata.

¿Cómo se podía siquiera imaginar semejante desafío? El Tano tenía demasiada calle y encima manejaba un hermoso Taunus rojo.

Siempre que al conducir me hallo reclinado en el asiento, viendo pasar la calle como si no me afectara, me acuerdo del Tano. Manejando con su diestra larga y una parsimonia sin baches. No era de correr o quemar embragues. Eso era para los giles. Él deslizaba su vehículo por los ensueños de la Ferrari, sin intentar arrebatarlos con negligencias de pueblerino. Eso era manejar con elegancia, me decía con la soberbia que le otorgaba su camisa de bambula abierta hasta el centro de su pecho. A veces, muy de tanto en tanto para que no malcriarme, me hacía el regalo de un acto mágico. Ponía el cebador, dejaba el auto en cambio y se bajaba a correrlo con la expresión muda del actor al que se le escapa un chancho.

No fue extraño ver que en apenas dos paradas sus dedos ya rozaban esa mejilla indefensa. Ella reía entrecortadamente y bajaba los ojos. Una estación más tarde, el aleteo de su regocijo era jocundo y hacia el final, comenzaba a parecer el zumbido histérico de una plaga.

Por ella nos bajamos antes. Lloviznaba y los pájaros hacían silencio. Los tres nos refugiamos bajo el alero de la estación de San Andrés. Ninguno pronunció palabra. Ella sacó un papel rosa del interior de su mochila con el corazón estampado y se lo entregó tímidamente. Junto a una abejita y su tarro de miel, se hallaba el nombre y el teléfono. Nos saludó con un “Adiós” ligero y la vimos partir. El cabello comenzaba a llenársele de lluvia.

Caminábamos al cobijo de los árboles, por la plaza, cuando vi que el Tano estrujaba el papel y lo arrojaba lejos. Al medio de la calle. No pude evitarlo. Me quedé inmóvil observando ese bollo rosado estremeciéndose en la inclemencia que parecía mordisquearlo con sus pulgas de agua.”

El Sr. R apagó la colilla e hizo silencio. Yo tampoco dije una palabra. Esperé a que prosiguiera. Dos haces de luz, probablemente de un auto que doblaba la esquina con vehemencia, entraron con furia por la ventana. El Sr R frunció el ceño, dió un golpe seco a la marquilla y sacó otro cigarro. Se lo colocó con delicadeza en el lado izquierdo de su boca y lo encendió entrecerrando un ojo.

—Eh, “Cucurucho” me llamó el Tano. Estaba unos pasos más adelante y se me había quedado viendo con la cabeza ladeada y las manos abiertas —dijo el Sr. R bajando su tono de voz como si no quisiera despertar el recuerdo más de lo necesario—. Hacía largo tiempo que no me llamaba “Cucurucho” y en ese momento me sonó tan lejano como ahora. Para mí tuvo un efecto parecido a esas palabras que se pronuncian en las películas y que señalan para siempre, como un emblema, el lugar donde se quedan las leyendas.