jueves, 8 de octubre de 2009

El balde

En casa existe un grupo de cosas con tendencias suicidas. Hoy mi balde rojo se ha tirado por la ventana.

En realidad se da una conjunción de causas y efectos microcósmicos. Un entretejido entre las desatenciones de la gente y los deseos tatánicos que sostienen los objetos. Pretendo implicar que, al afligirse, las cosas también bajan sus vibraciones y sienten ganas de morir. En este tipo de patologías es usual que el individuo espere nuestra distracción para cometer el acto. Así nosotros también estamos implicados. Somos cómplices.

En el caso del repasador a rayas, yo estaba cocinando cuando me atacó una de esas ideas que primero temés olvidar y luego comprendés que hubiera sido preferible. En aquel momento yo tenía una necesidad orgánica de escribirla en un pedazo de papel —el cual por capricho o por venganza nunca se encuentra al alcance de las manos que lo buscan—. Me dirigí empecinada a capturarlo en otra habitación.

El instinto suicida debió ser inminente. Al volver a la cocina con la cabeza más fría después de haber desmoldado el pensamiento, comprobé que el repasador ya no estaba. Afuera llovía y soplaba el viento como corresponde a las escenas trágicas.

Con la toalla fue diferente. Necesito advertirles: las toallas 100% cotton terry son de temperamento sensible. El descuido y la tormenta deben haber empapado el algodón de su moral. ¿Cómo podían olvidarla a ella, la más carnosa de las toallas, en esa terraza llena de la pelusa de los árboles comunes?
Su cuerpo esponjoso se deshidrata con los brazos abiertos para siempre sobre un cielo de chapa.

Cuando desapareció el alicate nuestro diagnóstico fue pesimista. Sospechamos que se trataba de un típico cuadro maníaco-depresivo, seguido de suicidio. Pero logró engañarnos. Transcurrido el mes lo encontré retozando alegremente bajo las cucharas más gordas.

Debido a este comportamiento errático y libertino ahora nos referimos a él como “Alicate Escapista”.

—Necesito cortarme las uñas, ¿no vió usted el “Alicate Escapista”? —pregunta el Sr. R con medio cuerpo emergiendo del vapor.

—¿Se fijó en el revistero? —digo.

—Ah sí, acá está —contesta el Sr. R y vuelve a sumergirse en el vapor.

Recientemente un nuevo repasador se entregó al abismo. Y eso que debido a la experiencia anterior y considerando que el suicidio puede ser un rasgo heredable, me abstuve de comprar uno con estampado a rayas. Los patitos se veían tan alegres. Tal vez demasiado. Hoy el paño de sus cadáveres se encuentra sobre una medianera sucia. El broche que los sostenía se ha tirado con ellos de pura impotencia.

A causa de la muerte de los patitos, me vi envuelta en un interrogatorio. El esposo de la vecina de abajo, un hombre frío de tanto andar a la sombra, me ha detenido en la escalera y me lo ha impuesto, tomándose su tiempo y olvidando el mío. Ha empezado por hacerme notar que “cierto elemento” yacía en la medianera del vecino, un tremendo piso más abajo y sin respirar. Me ha dado una descripción tan minuciosa de su tela que me ha erizado la piel. Yo por supuesto lo he negado todo. He dicho que no había notado que en mi cocina faltara nada. A lo que él ha repuesto con mirada firme que el mío era el último piso y que por lo tanto no podía provenir de otro lugar. Para no parecer sospechosa le dije que no recordaba tener un repasador como ése y después corrí.

Lo del balde es más grave. O al menos más sonoro. Al caer hizo una sombra por mi espalda hasta estallar en el eco de la planta baja. Yo no estaba mirando. Leía enardecida cuando el viento dió un suspiro y ahí el balde aprovechó.

Ahora yace sobre un flanco, sin saber si temblar de pena o rodar de espanto.

Sé que no puedo posponerlo más. No puedo permanecer encerrada toda la tarde haciendo de cuenta que no ha caído. Que todavía está en la ventana conteniendo el rojo puro en la indolencia del plástico.

Voy a tener que enfrentarlo. Voy a tener que bajar las escaleras, tocar el timbre y esperar la puerta. Voy a tener que poner expresión reposada para no generar alarma y voy a tener que decir:

“Mirá… vengo porque mi balde se suicidó”.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Què cuento tan simpàtico! ji, ji. Mis reverencias al Sr. Alicate Escapista!
vivi

Anónimo dijo...

Gracioso el relato, yo también creo que los objetos tienen vida propia. Hay que mimarlos por decirlo de alguna manera o prepararse para la venganza...
Me gustó mucho AnaM

Anónimo dijo...

Aflojale a los yuyos balde suicida!!!!!!!!!!! Yo tengo la escoba voladora iiiiieeeeeeeeeeeeeeaaaaaaaaaaaaaa.
Apri

Anónimo dijo...

Bueno Mara, has logrado que los objetos protagonicen una historia. Mechado todo con buen humor y anécdotas muy cotidianas, y absolutamente ciertas!!! Ernest

theloro dijo...

Coincido con la mayoría: muy simpático!

Luciano dijo...

Como diria el General: "La culpa no es del balde sino del que lo deja caer". Muchisimas cosas todos los dias en todas partes del planeta se suicidan por un descuido de sus poseedores. Pero no nos engañemos: esto no es culpa mas que de nosotros, los que dejamos que estas desgracias ocurran. Controles remoto, juguetes, ensaladeras y, por supuesto, en cen de do res. En algun momento tendremos que tomar conciencia y enfrentar la realidad: hay que ser mas responsable con el cuidado de nuestros instrumentos. Saludos desde el patio. No puedo encontrar las llaves de casa y espero lo peor.

PD: Feliz regreso al cerdito clasico del banner.

Maxwell Walt dijo...

Simplemente hermoso.
A causa de la gravedad y lo vistoso del balde. No quedaba otra que hacerce cargo de los errores de uno mismo.
Además de que siempre me han gustado las animaciones literarias de cosas inanimadas.
Un beso!!!

... La Morocha dijo...

Hace una semana que desde mi ventana se ve un cementerio de juguetes y ropa de niño. Nadie los reclama ni busca. Tu historia me hizo acordarme de ellos y debo reconocer que me causa una profunda tristeza su horfandad. A rescatar el balde!

La Sibylle dijo...

Te leí en Oblogo y me gustó. Te voy a seguir.

Anónimo dijo...

Todavía me estoy riendo. Muy bueno.Boticaria