miércoles, 14 de enero de 2009

Facebook I


Bajé las escaleras de un día soleado. En la puerta esperaba Carina Castiñeiras. Carina fue una íntima amiga del secundario que reapareció por Facebook. La gente parece feliz de poder reencontrarse con compañeros del secundario. Sonríen al contar lo que fue de la vida de la piba que quedó embarazada a los quince. Saber qué aconteció con Patricio Brizuela, el chico más hermoso del colegio que nunca le dió bola a ninguna, por momentos supera el rating de “Bailando por un sueño”. Supongo que del disfrute que producen esos escurridizos bocados, se nutre gran parte de Facebook. Hoy día creo que se salvan muchas vidas de la abulia terminal a través de encuentros de ex-alumnos. En ellos también se pueden desarrollar deliciosas revanchas. Esas bombas de crema que se expanden por el cerebro como fantasías donde se gana todos los partidos de la vida que antes se había perdido. Imágenes mentales en las que Patricio Brizuela nos da bola y hasta talla nuestras iniciales en un árbol.
Debido a esos deseos y fantasías pegajosos es que tengo reticencias para encontrarme con gente del secundario. Si voy a ser un poco más franca de lo debido, confesaré que mi reticencia se ha hecho últimamente algo más constante y corpórea. Tengo pesadillas donde se me acusa de algo terrible y en vez de ser quemada viva por una orda de compañeros de secundario granosos e iracundos, me sucede algo peor. Soy condenada a repetir quinto año por el resto de la eternidad.
A pesar de ello, acepté encontrarme con Carina. Durante algunos días de lluvia y otros de sol, nos intercambiamos mails rigurosamente sobre tópicos del pasado y llenamos, bullet a bullet, los datos más verificables de nuestras vidas.
¿Quién era Carina? Mi recuerdo me llevó despacio, a lomo de burro, hasta la Carina de los 17 años. Carina era la más representativa de las gorditas simpáticas. Cuando iba de vacaciones a Villa Gesell se hacía inmediatamente tarjetera de Sabbash y transcurría sus tardes de playa admirando con sincera devoción, a la mayor cantidad de cuerpos masculinos que pasaran desvestidos delante de sus ojos. En esos días solía reír con soltura y desbordaba felicidad con énfasis.
Por eso, porque me conduje por estos recuerdos que aparecían en mi mente mientras bajaba las escaleras, fue que al abrir la puerta me sobresalté.
Ante mí había no había una Carina. Había un flamante modelo de Sarah Connor de Terminator 2, en minifalda. Mi pasmo fue tal que puede resultarme difícil explicarlo con nitidez, pero quisiera transmitir sin exagerar que en la vereda me esperaba una mujer de bronceado galvánico, brazos de lanzar garrochas en el desayuno y vadear océanos en las cenas. Una mujer que cuando rió me hizo encoger el cuerpo involuntariamente. Una mujer en la que cada músculo se marcaba con las carcajadas.

-No te lo puedo creer –dijo. –¡Estás igual!

-Vos no –dije bajito y luego de saludarla con un beso en la mejilla, por las dudas, me aparté unos pasos.

Ella rió estruendosamente y me contó que ahora participaba de pentatlones, que había escalado el Aconcagua, y que por las noches se hacía unas cien cuadras en bicicleta para no perder el estado.
Ya habíamos quedado por mail en tomar un café, en algún lugar neutral. Caminamos hasta la avenida más cercana y después de no pensarlo demasiado, nos decidimos por un bar/restaurant de los que son atendidos por tropas de asalto de con forma de mozos. Ella lo conocía porque había venido varias veces a tomar algo después de varios bautismos de hijos de primos/amigos/colegas realizados en la iglesia de la vuelta.
Nos sentamos una frente a la otra y pedimos sendos cappuccinos a la italiana. Estabamos listas para comenzar un talk show, pero en tono más íntimo.

-Contame, ¿tu mamá sigue trabajando en el hospital y con el novio que me constaste?

-Sí

-¿Y tu hermano?

-Bien. Está buscando departamento para comprar.

-Y vos, ¿en qué andás ahora?

La pregunta apareció casi por generación espontánea. También por generación espontánea apareció el calor en mis mejillas. Cómo explicarle que había tenido que dejar de trabajar en publicidad porque me había quemado el alma y que temí verla reducirse a cenizas en la próxima reunión donde se pronunciara nuevamente la palabra “Branding”. Cómo pronunciar en voz alta que definitivamente, a términos comerciales, mi vida no tenía ningún sentido. Cómo decirle que un día, en el que ni siquiera había llovido, lloré como cuatro horas seguidas hecha un ovillo en la alfombra. Y que así, muy de pronto y a pesar de mi encantador y sostenido ateísmo, una mañana comencé a creer en Dios.

–Bueno como te comenté en publicidad casi no trabajo, estoy tratando de escribir – dije y como para amenizar agregué –… y empecé a hacer danzas.

-Aha ¿y qué tipo de danzas?

-Bueno no son exactamente danzas, es como una meditación en movimiento. Algo así como el tai chi, pero más movido. Son ejercicios para entrar en contacto con el cueeeerpo.

La palabra “cuerpo” salió como un balido de mi boca. “¿Por qué sueno como una oveja?”, me pregunté y sentí que era el tono de la disculpa por ya no ser el sueño torvo del éxito y la modernidad. Fue así que Carina se me quedó viendo tras la mínima nariz que se fabricara en su decimoquinto cumpleaños. Una que erradicaba por las buenas todo vestigio de su linaje de mujeres en batón. Fue entonces que revoleó los ojos primero y luego, lo dijo. Mirando a la cámara uno inició la frase y la terminó con un close up de la cámara 2.

-Me reuní con los chicos del secundario.

Traté de mantener la calma pero la palabra me hacía sentir que las patitas de las cucarachas andaban cercanas y esperando. Me crispé un poco.

-Nos reunimos en la Farola. ¿Te acordás donde hicimos la despedida
sin los padres?

Claro que me acordaba. Ese día fue el último día que vi a Alejandro. Me separé como si se venciera la fecha de duración de un noviazgo adolescente. Nos alejamos sin llanto y sin adiós, en el umbral fresco de un pasaje que no llegaba a ser calle.

-De los chicos fueron pocos. Solo Facundo, Sebastián y Cucho, ¡que está hecho un hombre! ¡Sacó un pecho gigante! –Carina hizo una pausa para beber algo de cappuccino y recobrar el aire. Luego en tono cómplice continuó– De las chicas fueron Lorena Rizzi, Romina Vivian, Mariana Rearte que volvió de España y María Eugenia Solari.

María Eugenia Solari. Yo he preguntado por años qué había pasado con ella. ¿Por qué siendo una de las chicas más populares del curso nunca había ido a la fiesta de la Farola?

-Todas están casadas y tienen hijos. Menos María Eugenia. Pero la verdad están irreconocibles. Están gordas. Romina por ejemplo tiene las caderas enormes. –

Carina hizo un gesto previsible con sus manos pero a su cara se le escapó una mueca de triunfo.

-María Eugenia está muy linda. Te diría que hasta está mejor. Sé tiñó el pelo de negro. Está flaca. Bueno, ella siempre fue bonita. –se detuvo un momento, se dió tiempo para decir las próximas palabras. –Te digo que las únicas que estamos bien somos María Eugenia, yo y vos.

Ahí estaba, una revancha que Carina había soñado a través de los años se había materializado. De pronto en ese aire acondicionado, rodeadas por otras mesas de señoras que se juntan a tomar el té, yo que me había preguntado tantas veces por María Eugenia Solari como si perteneciera a una tierra distante, comprendí que no éramos tan lejanas.
Tal vez todas nosotras estábamos a sólo una pesadilla de distancia.

7 comentarios:

burocracia dijo...

Interesante el cierre, y genial la última frase.

A veces la gente siente una especie de obligación con ciertas etapas de su pasado. Y será que me estoy poniendo viejo, y que por eso estoy aprendiendo a dejar algunas cosas en donde estaban.

Rara vez me cruzo con mis compañeros de secundaria o de la adolescencia. Esporádicamente me llega algún comentario de mi hermana que sigue viviendo por ahí, y que recibe algún saludo o algún chisme oportuno que no puede contener de reenviarme por mail. Salvo eso no tengo ni mucha idea ni en que están o si están. Será que en estos años que pasaron viví tantas vidas, en tantos lugares, con tantos mundos dentro. Cambié tanto mis creencias y mis prejuicios, que indudablemente no soy la misma persona con quien compartieron 8 horas de su vida durante 13 años (sí, me tocó un doble turno mucho tiempo).

Creo que todos evolucionamos para distintos lugares de nuestras vidas. Nos ponemos distintos horizontes a los que vamos a nuestro ritmo con nuestros propios golpes, triunfos y fracasos.

El hecho de saber que cambiamos y que todos tenemos la necesidad y la obligación de hacerlo, se vuelve tan explícito cuando nos miramos en la foto del anuario y nos sumergimos en ese lapsus con algún compañero, que a veces nos cuesta entender las curiosidades del destino.

Las estrellas del colegio nunca llegaron muy lejos, a las más lindas le siguió creciendo la nariz y la panza. El alumno perfecto lucha por llegar a fin de mes sentado en un escritorio y acumulando colesterol.

Y ahí uno se da cuenta todo el tiempo que perdió pensando que estaba haciendo todo mal en su vida. Que las etiquetas que ponemos de afuera son siempre ridículas. Que nunca dejes de escucharte a vos mismo, y no tanto a los otros.

Saludos aleatorios y algo burocráticos.
Perdón la perorata.

e.

mara gena dijo...

Burocracia neuronal? HOLA!!!!
Me encantó tu comentario. Tantas pieles recambiadas, tantas vidas distintas en una sola vida y hay gente que tiene sólo una y que quiere seguir paso a paso los destinos de sus compañeros de secundario. como verás estoy exorcizando todo lo que me viene a la cabeza en los escritos. qué bueno encontrar que hay intersección de conjuntos! GRACIAS GRANDES Y EN MAYÚSCULAS BUENAS!!!!

... dijo...

Nunca fui a ninguna de las reuniones de ex-alumnos; no sé si está bien o mal pero, a medida que pasa el tiempo, suelo sentir a las diferentes etapas de mi pasado como "otra vida", tan lejana... que me gusta dejarla ahí; lejos.

mara gena dijo...

sí, lejos. A veces creo que si no estuviera tan neurótica (ojo! nunca pierdo la esperanza de curarme, no soy Woody Allen) podría ir sin que nada me importe.

ernengena dijo...

Por momentos me figuro que sos Maitena expresando el sentir de las mujeres.
Ponerse "colorada", recuerda aquello de no tenerle miedo a la muerte, pero que está, está.
Si elegís valores trascendentes, contra valores monetarios, pues en muy buena hora...Y sin ruborizarse.

jose miguel dijo...

me hizo recordar mi bachillerato. Para mí ya fue pesadilla al cursarlo. Me escapé en 2º del pueblo y me fui a uno muy bueno de la capital de la provincia. Tampoco encajé. Soy peor que Carina. Desde entonces no encajo en ningún sitio. Gracias por revivirme la pesadilla. Beso

loro dijo...

JEJEJEEEE me divirtió. Yo tb tengo problemas con el recuerod de secundario. Buen final.