lunes, 26 de enero de 2009

El oro y las maestras jardineras


Me siento miserable. O mejor dicho, algo en mí se siente miserable y no puede tomar otras partes que son indiferentes a su miseria. Eso lo hace más miserable. ¿Alguna vez intentaron vender oro?

Para mí la experiencia comienza saliendo del subte. Son más o menos las diez de la mañana. Es verano y “Necesito dinero/Dinero/Dinero/Dinero!”, se repite constantemente como el estribillo de moda que pasea a todo volumen por las calles de mi cráneo. Estoy jodida, no existen ventanillas que subir para dejar de escucharlo.
Camino. El centro, aún vacío por las vacaciones, es sufrible. Sufro cruzando las calles. Sufro pensando que antes estaba mejor. Sufro viendo a una mujer que ha dejado su cara original en un cirujano plástico para llevarse otra que sólo podría considerarla hermosa Boris Karloff. ¡Sufro al escuchar Yellow Submarine saliendo atemporalmente de una disquería! No es posible, debo estar realmente mal.
¿Qué hago? ¿Me analizo en el medio de la calle? Me digo que temo por mi futuro. Que mi princesa interior no soporta viéndose como plebeya exterior. Pero no mejoro con las conclusiones. Entonces, lo clásico sucede. Una mujer con alguno de sus tantos hijos encima, me pide una moneda. Se la doy. Se me pasa el berrinche. Enfrento el primer local de “COMPRO ORO” escrito estrictamente en mayúsculas.

Saludo. Una mujer que lleva unos claritos desatinados en el cabello y una manicuría demasiado brillante me devuelve el saludo.

–Vengo a vender una joya –digo.

–Veámosla –dice.

Abro el terciopelo rojo y aparece el collar. A ella le toma un segundo decir:

-No, ésto como joya no vale nada. Puedo darte un precio por el oro, pero nada más.

Odio sus claritos y al mismo tiempo digo:

-Bueno y ¿cuánto sería?

-No más de $230. A lo sumo $250.

Digo gracias mientras mentalmente veo cómo sus claritos se incendian. Parecen un campo de espigas secas ardiendo en la noche de sus raíces negras. Salgo.

A lo largo de la próxima hora voy descubriendo la fauna de compra-vendedores de oro. Una pareja de árabes que se dice “Mi amor” muy dulcemente, mientras sopesan alianza tras alianza, el valor de otros matrimonios. Un hombre que habita un local de un metro por un metro y escucha SUMO, quien me comunica con seriedad que ese día una estrella de rock ha muerto. Profesionales de camisas negras que me dan cotizaciones sin siquiera saludarme o mirarme a la cara. Finalmente, un judío pelirrojo y feliz que me da el precio más bajo de todos y que muy sonriente me dice que cuando hayan picado y echado ácido sobre mi oro, él no tendrá problemas en recibírmelo de todas formas.
Saliendo de su local (con mi collar aún entre las manos), lo escucho repetirlo en una sonrisa que se expande: “Dalo por seguro, lo van a hacer. Pero yo te lo recibo igual.”

Estoy por entregarme. Voy a volver al local de la mujer de los claritos con resignación. “No es tan terrible”, pienso. “¡Después de todo, yo no podré distinguir una joya de un simple metal, pero ella no sería capaz de comprender una sola línea de Jung!”, sentencio. La reflexión no sirve ni para consolarme. Deseo llorar como una nenita. Pedir por mis abuelos. ¡Qué vengan a buscarme más temprano! ¿Pero qué sentido tendría? Comienzo a encaminarme cuando lo descubro. Un modesto local en el desenlace de la cuadra.

Entro. Es un pequeño local con una reja que divide a los compradores de los vendedores. Una vieja con plumas en vez de cabello, mira anillos. Aprieta incoscientemente algunos entre sus manos. Al estirar el cuello para mirarme, levanta una ceja como lo haría un avestruz y luego continúa mirando los anillos. Mi presencia no la inquieta. Detrás de las rejas hay dos mujeres de más de 50. Llevan el cabello correctamente cortado por arriba de los hombros como corresponde a su edad y sonríen.

-Buenos días. ¿En qué podemos ayudarte? –me pregunta una de ellas en tono didáctico.

Explico. La mujer mira a su socia y con su sonrisa entrenada me dice que le muestre a ella, mientras vuelve a atender a la vieja que continúa tomando anillos como si fueran caramelos. Una cara pura de pecas y amabilidad me mira. Ante mí hay una maestra jardinera que sonríe.

–Bueno veamos –dice con parsimonia y tensa las comisuras.– Primero vamos a pesarlo para ver qué tenemos.

Saca una balancita negra. Coloca el collar con toda calma.

-3,4 gramos. Muy bien. Ahora tengo que pasarle un poco de ácido para comprobar que sea todo de oro. ¿Me entendés? –me mira con su cara de buena persona.

-Le ponemos en una puntita. Apenitas.

Frunce un poco su nariz cuando toca el collar con un hisopo.

-Acá vemos. ¿Ves?

Me muestra que la cicatriz del collar comprueba algo muy específico.

Asiento. Pregunto lo obvio.

-Puedo darte $200. Porque no es de oro cien por ciento. Es aleación –dice.

La maestra jardinera observa mi cara. Mi cara dice: “Vuelvo a la mujer de los claritos”.

Entonces su parsimonia se corta como un hilo. Saca una calculadora e introduce unos números rapazmente.

-Puedo hacerte $230. Pero pensá que el precio del oro es muy inestable. Hoy está bien pero mañana puede valer mucho menos. Te pueden dar mejor precio, pero al momento de testearlo va a bajar porque es aleación –dice y sus ojos brillan como oro al pronunciar cada “pero”.

De pronto, interviene la otra maestra jardinera que estaba atendiendo a la vieja.

-La señora es cliente nuestra desde hace más de 15 años. ¿No es cierto? –dice con su sonrisa estable.

La vieja asiente y con sus ojos de avestruz golosa, declara:

-Un día voy a tener que venir con un camión de Juncadella para poder pagarles todo lo que llevo.

Las maestras jardineras me observan. La vieja me observa. Sus ojos arden al frío de su oro. Digo gracias. Me alejo. Rápido.

No sé si es una lección de vida. Y si lo es, no sé si la estoy aprendiendo. Lo cierto es que mientras camino hacia el local de la mujer con los claritos, no puedo dejar de sentir que soy una princesa imaginaria caída en una desgracia real.

8 comentarios:

... dijo...

sí, no solo lo intenté sino que lo hice varias veces. La primera vez recorrí negocios y terminé llorando; ya después me había decidido por el lugar que me maltrataran menos, así que, en consecuencia, lloraba un poco menos. Terminé convenciéndome que era lo que necesitaba en ese momento (plata), era lícito así que objetivo cumplido!
princesas seremos siempre (aunque tal vez sólo nosotras lo sepamos)

mara gena dijo...

Sí, sería buenísimo cortar toda la neurosis cuando una más lo necesita y hacer lo práctico. Hay gente que tiene esa capacidad. Gracias por tu comentario. me siento menos sola!

... dijo...

mi maridito acaba de recordármelo. un fin de semana de muuuucha necesidad... vendí mi pelo!!! la verdad, me encantó hacerlo; fue muy divertido entrar a la peluquería con el pelo laaargo hasta la cintura y salir con el pelo desmechado a la nuca. Tenelo en cuenta... vuelve a crecer.

mara gena dijo...

juaaaa!! juajuajua!!! Me hiciste reir mucho! desgraciadamente yo tengo pelo corto o al hombro digamos. Y todo desmechonchado. No me van a dar ni un kopec por él. Igual siempre estoy pensando alternativas... "mi maridito"! qué linda expresión. beso. Mara

ernengena dijo...

Qué buena frase humorística la del rostro-plástica-karloff. Lo de la princesa interior versus la plebeya exterior es cruelmente cierto, salvo que realmente seas una princesa.
Mara, realmente qué bien escribís: Humor, frescura, excelente el enhebrado de frases.
Como comenté en otra oportunidad, te veo como una profesional. Tenés que perseverar y vas a triunfar.

mara gena dijo...

Oh ernengena! gracias. Estoy perseverando y tu apoyo para mí sabés que es muy IMPORTANTE! beso. Mara

Anónimo dijo...

La creatividad surge siempre, para él o la que la posea y éste es tu caso. Tiene mucho humor y eso sirve al para recordar con cariño experiencias propias anteriores. Tu escritura es excelente. Nunca dejes de hacerlo. AnaM

Anónimo dijo...

Algo en este relato me trajo el recuerdo de la usurera de Raskolnikoff, el personaje de "Crimen y castigo". Muy bueno!