martes, 5 de enero de 2010

El dinero, un místico y la eternidad

En la vieja casa el viernes oscurece lento e irregular. Es como si el día, ya cansado de toda la semana, necesitara arrastarse para poder entrar en la sombra. El jardín frondoso de la entrada está recién regado. Huele a savia y a sexo confirmando la idea de que no hay edenes exentos de pecado. Adentro Román acomoda reflectores, enciende velas, despliega mantos. Se disculpa por el ciervo de utilería y las pelucas estilo Luis XV que hay desparramados por la alfombra estimando con arrogancia que en otro sitio cualquiera el desorden no pasaría de ser juguetes baratos y pilas de diarios viejos.

Mientras se inclina para acomodar las cosas va demostrando, movimiento a movimiento, la gracia del cuerpo apolíneo que le ha tocado en suerte.

—Éstas me quedaron de la producción de modas que hice la semana pasada —explica de manera casual mientras sostiene unos rulos plateados que parecen un puñado de espuma—. Un trabajo interesante. Después te lo muestro.

Su voz enguantada con el mismo terciopelo de los doblajes de películas blanco y negro se va deslizando despacio al tararear una bossa nova. Román viste una camisa comprada en Londres hace muchos años y unos flamantes jeans gastados. Es alto, bello y gay. Su espalda ancha termina en unas caderas estrechas que mueve sinuosamente por toda la habitación. Va y viene cambiando de lugar las cosas. Trae almohadones. Pone música. Deja una botella de vino abierta sobre la mesa. Para Román la metamorfosis del escenario es algo imprescindible. Nunca he visto que su casa se presentara con la misma cara que la vez anterior.

Me saco todo lo que cuelga de mí —bolso, abrigo, paraguas— y lo arrojo sobre un puff. Acto seguido me arrojo a mí misma sin ningún resto de decoro. En la casa de Román algunos protocolos pueden ser ignorados. Aunque el incumplimiento de otros menos sospechados puede implicar una infracción inmoral.

Román llena dos copas. Deja correr el líquido en una abundancia casi obscena.

—Quedó bastante bien –dice admirando su living sin recato.

Mara asiente. La luz de las velas vaporiza los contornos y el viento hace sonar el llamador de ángeles que cuelga de un postigo. Sin duda el lugar parece haber sido creado para cometer únicamente pecados elegantes.

Román le entrega una de las copas y de pronto recuerda algo importante que debe escribir en su laptop. Pronto regresa y desciende su cuerpo hasta otro puff.

—Quieren que haga la tapa de Andrómedo Mag, ¿viste?

Asiento y le hago el gesto del OK con el pulgar. Sin embargo repentinamente Román no parece contento. Bebe un sorbo hondo de vino y frunce el ceño.

—Estoy muy escaso –dice—. El dinero de la última producción se ha pulverizado.

Abre una mano como si lo invisible pudiera mostrarse con un gesto.

Pienso, “esto es realmente inesperado”. Román hablando de dinero. El año no ha sido fácil para nadie pero él debe estar en problemas porque bien sé que no suele ocupar sus pensamientos en cuestiones como éstas.

—¿Por qué el dinero parece tan real? —el monólogo de Román sale inesperadamente del silencio—. Siempre creo que el dinero es esa hipnosis colectiva a la está sometido el planeta. Pienso también que de alguna manera yo voy zafando como si tuviera una varita mágica. Pero a veces no se necesita más que la solidez un par de cuentas impagas para hacer añicos cualquier varita.

Román pierde la vista a lo lejos como si para enfocarse en cuestiones cotidianas tuviera que recorrer inhóspitas parcelas de tierra anegadas por lo vulgar.

En eso tengo que darle la razón. El dinero parece ser una fuerza mucho más poderosa que nuestra pequeña vida. Un gran pantano en el que la mente se hunde y en el que patalea constantemente para salir pero se hunde más.

—¿Qué vas a querer comer? —Román cambia de tema a la carrera como si recuperara sus ropas si saltara por una ventana—. Acá no tengo nada así que sugiero que vayamos al super.

Cuando a Román se le ocurre la idea acabamos de dejar atrás el supermercado chino y cargamos una bolsa de snacks como botín.

—¿Querés conocer a Nicolás? ¡A esta hora lo encontramos seguro! —dice con la alegría de degustar algo inusual.

Román siempre tiene un personaje extraño para regalar. En una de nuestras conversaciones telefónicas ya me había comentado de su adquisición más reciente. Esta vez se trataba de un hombre que había decicido no tener más contacto con el dinero y se había decretado a sí mismo “Homeless”. Cariñosamente Román lo llama “el místico”.

A mí me cuesta reunir el ánimo suficiente para establecer una conversación y preferiría volver a su casa a fumar y beber. Pero las excusas con Román rara vez funcionan así que me manifiesto de acuerdo.

Minutos más tarde nos encontramos en el medio de una plaza con canteros de cemento. La noche está muy ocupada oscureciendo el hemisferio y aparentemente no puede encargarse de que los elementos jugueteen a su antojo bajo sus faldas. Las luces de la calle, en una especie de convenio con el viento, se balancean en los cables enloqueciendo a las sombras. Las hojas de los árboles trotan como pájaros desbocados.

En un costado de la plaza, un hombre que luce como mendigo, habla con un gato mientras le cura las lagañas. Viste un pullover gris, roto y sucio. Los anteojos que lleva tienen un gran aumento y parecen distanciar sus pupilas del resto de la cara. Tendrá unos 50 años. Entre las cosas que posee puedo ver un calentador, unas frazadas, cajas, relojes y decenas de paraguas.

Román lo saluda con un buenas noches y el hombre suelta al animal que tiene entre manos.

—Nicolás es un experto en arreglar relojes y paraguas —comenta—. ¿Cómo te fue con el reloj de la iglesa? ¿Pudiste arreglarlo?

—Finalmente lo conseguí —dice el hombre y una fuerte mirada recupera sin problemas la distancia que parecían imponerle los lentes.

—El problema consistía en una pieza que ya no se fabrica—dice y su tono lento vuelve a engullir las pupilas—. Pareciera que nada tiene solución sin la pieza adecuada, pero uno siempre puede arreglárselas con lo que hay a mano.

De repente el místico me mira fijo. No guarda ningún disimulo. Para alguien como él eso no debe ser necesario.

—¿Sabías que Nicolás también es un gran conocedor de los textos bíblicos? —dice Román girando su cabeza hacia mí.

Yo que no he pronunciado palabra hasta el momento tengo que erguirme y mirar al místico de lleno. Deseo que la expresión de mi cara sea franca y tranquila. Que no delate el miedo contenido que comienza a abrillantar las alas de mi nariz.
Pronuncio un “Aha” muy tenue.

Sin embargo, el místico ya no me observa. Comienza a hablar despacio. Algo en sus formas congela todo posible escape de atención.

—Leo la biblia desde hace 10 años. Es lo único que leo en estos tiempos —dice y se detiene un segundo para encontrar su próxima frase. El labio inferior desciende dejando a la vista unos dientes que emergen del sarro.

—Para mí existe sólo una pregunta —hace una pausa y mira las hojas de los árboles agitadas por el viento para proseguir canalizando en sus palabras algo invisible que ha extraído de esa vehemencia—. ¿Dónde querés pasar el resto de tu eternidad?

Román y yo tensamos los cuellos como si fueran dos extremos de una misma cuerda. Admito que estoy asustada. Este hombre parece capaz de curar gatos después de haber matado jabalíes. Sin embargo no puedo dejar de esperar la siguiente frase.

—Yo intento crear mi cielo en esta tierra —dice y se queda quieto como si hubiera lanzado alpiste y supiera que no debe espantar a las preguntas que vendrán.

—¿Es verdad que no acepta dinero? —hubiera deseado preguntar otra cosa pero ésto ha sido lo único que se atrevió a salir de mi boca.

—Es cierto —dice el místico y carraspea como para juntar saliva y no dejar el resto de sus palabras en seco.

–Hace años le hice a Dios una promesa.

—Pero trabajás mucho. ¿No es así? —interrumpe Román–. Siempre te veo arreglando cosas.

—Es que no he renunciado al trabajo. Sólo al dinero. Trabajo arreglando relojes o paraguas porque he aprendido a hacerlo bien y es un servicio necesario para otros. No acepto pago, ni tampoco trueque, pero nunca me ha faltado nada. De hecho tengo comida de sobra —sin girar señala con su mano abierta las muchas cajas de alimento que hay a sus espaldas—. Doy gracias porque siempre he tenido suficiente comida material y espiritual. Y siempre ha sido así en los veinte años que llevo en la calle.

Me quedo clavada la última frase. ¿Veinte años? Por Dios yo he pasado ocho meses sin poder comprar un buen par de zapatos y ya me siento absolutamente desdichada.

—No digo que la mía sea la única forma —prosigue—. Conozco gente que no ha dejado sus casas, ni el dinero y sin embargo también están en el mismo Camino.

De pronto mueve su cabeza como si escuchara un sonido mágico hablándole desde alguna rama.

—La gente vive en su propia ilusión. Creen elegir pero en realidad son partes involuntarias dentro de cadenas de eventos que se suceden. Yo sé que cada acto de mi vida en los últimos años ha sido una decisión de mi propia voluntad y no una reacción a algo.

No sé si llego a comprender de qué está hablando. Los zapatos y cuentas bancarias nublan mi entendimiento. Sin embargo algo se filtra por un cimiento desconocido.

El gato reaparece bajo sus pies. Sus ojos todavía deben existir bajo esas ciénagas de lagañas secas. Román se inclina para tocarle cabeza.

—¿Cómo anda el amigo? ¿Todavía con problemas? —pregunta.

Mientras Román juega con la bestia ciega el hombre se me acerca. No tengo el suficiente coraje para mirarlo a la cara pero permanezco en mi lugar, sin retroceder.

—De lo único que vale la pena ser dueño es de uno mismo —me dice bajito como si dejara caer una piedra al fondo de un pozo.

—Bueno Nicolás nosotros nos vamos a comer algo —Román se incorpora—. Voy a ver si le pido a mi amigo veterinario unas gotas para tu gato. Nos estamos viendo.

Yo también saludo y comienzo a caminar unos pasos detrás de Román. Extiendo mi mano para tomarlo de la ropa como si de otra forma pudiera llegar a perderme.

Cuando llegamos a la esquina me doy vuelta nuevamente para observar al místico. No se lo ve por ningún lado.

9 comentarios:

... La Morocha dijo...

Simplemente... gracias!

Luciano dijo...

Me encanto. Quisiera hacer un comentario mas amplio, pero no tengo ganas. No que no lo merezca, claro. De hecho es casi una falta de respeto. Pero como es "casi" no lo hago ni pido disculpas por ello. Saludos a la tia y sus ciervos de utileria.

Ramiro dijo...

Excelente, me encantó. Y justo hoy leí en el "informe sobre ciegos" de Sábato, un extracto sobre el dinero que no tiene ningún desperdicio.

Si te interesa, acá va...

"... cuando se ha terminado con esa tarea agotadora y descabellada en que un pobre diablo que gana cinco mil pesos por mes maneja cinco millones, y en que verdaderas multitudes depositan con infinitas precauciones pedazos de papel con propiedades mágicas que otras multitudes retiran de otras ventanillas con precauciones inversas. Proceso todo fantasmal y mágico pues, aunque ellos, los creyentes, se creen personas realistas y prácticas, aceptan ese papelucho sucio donde, con mucha atención, se puede descifrar una especie de promesa absurda, en virtud de la cual un señor que ni siquiera firma con su propia mano se compromete, en nombre del Estado, a dar no sé qué cosa al creyente a cambio del papelucho. Y lo curioso es que a este individuo le basta con la promesa, pues nadie, que yo sepa, jamás ha reclamado que se cumpla el compromiso; y todavía más sorprendente, en lugar de esos papeles sucios se entrega generalmente otro papel más limpio pero todavía más alocado, donde otro señor promete que a cambio de ese papel se le entregará al creyente una cantidad de los mencionados papeluchos sucios: algo así como una locura al cuadrado. Y todo en representación de Algo que nadie ha visto jamás y que dicen yace depositado en Alguna Parte, sobre todo en los Estados Unidos, en grutas de Acero."

mara gena dijo...

Disfruté mucho del texto! Gracias

Anónimo dijo...

Casi me deja sin palabras, pero diré que tiene un contenido social y un mensaje casi místico. No le falta la cuota habitual de humor que caracteriza tu escritura. Se inicia de tal forma que me obligó a releer esas lineas varias veces muy poético, excelente. Mi sobrino por así decirlo, se parece mucho a la diva que siempre me acompaña.Yo sigo pensando en esas estatuas de dioses apolímeos emergiendo entre las ramas de los arbustos en mi jardín ( muy loco)AnaM

PM dijo...

Muy lindo texto, Mara, dan ganas de conocer a Roman y sus pelucas, al místico, a su gato ciego. Ojala siga la serie.
Saludos
Pablo

Paulitzinhia dijo...

Me gustó eso de que "la gente vive en su propia ilusión" que afirmó Nicolás, nada más acertado. Muy lindo texto.

Anónimo dijo...

Este cuento me remitió a la película Matrix. Tal vez el mìstico eligió vivir una vida fuera de "ella", más real -según él. Yo, por ahora, prefiero la otra pastilla... Muy bueno.
JC

magiador dijo...

Más vino?