viernes, 11 de septiembre de 2009

Cucurucho

—Era verano y volvíamos de ver Rocky IV en el centro —dijo el Sr. R.

Serían las doce de la noche y por la ventana de la habitación entraban las luces y sonidos de una ciudad adormilada. El Sr. R había terminado de cenar. Bebía un pocillo de café y fumaba tranquilo cuando escuchó tan inesperadamente la palabra “Cucurucho”. Su semblante se había zambullido en una mirada oscura y reluciente, como el pelaje de un animal que cruza las aguas bajo la luna. Muy pronto todo el Sr. R se halló sumido en esa corriente. Unas espiras de humo comenzaron a enroscarse en sus pestañas. Tuvo que bajar los párpados con fuerza para quitárselas de encima. Finalmente dió una nueva calada al cigarrillo y al soltar el aire continuó.

“Serían las cinco de la tarde de un domingo muy caluroso. Retiro se veía vacío. Parecía que todos habían huido a refugiarse. Estaba a punto de llover y el calor aumentaba la carga de los pasos. A pesar de eso, el Tano y yo corrimos veloces el último vagón del tren que partía. Una vez adentro, echados sobre los asientos de cuero verde, nos dejamos balancear en la modorra de los satisfechos.

La película había resultado un gran baquete. En ese entonces (yo tendría trece años y mi amigo diecisiete), al Tano se le daba por hacer fierros todos los días y vestir camisetas con rigurosidad. También leía con obstinación revistas de físicoculturismo y había fortalecido cada músculo de su deseo por ver Rocky IV durante las semanas de postergaciones que le impuso el trabajo.
En la sala de cine, cuando finalmente “Ojo de Tigre” atacó sus oídos a un volumen salvaje, las ansias se le escaparon del cautiverio como una estampida. Para el Tano esa música representaba un himno triunfal cayendo golpes sobre las interminables jornadas del reparto de pollos.

Mientras el tren nos mecía mansamente, él no dejaba de canturrearlo con vigor.

Por mi parte el fanatismo con la película llevaba un avanzado cuadro de dos semanas. Yo era de los que habían podido correr al estreno. Yo era de los que repetían “corta el párpado, corta el párpado” como un imitador de la primera hora. Yo, era otro enardecido adepto de las huestes de Stallone en eterna pugna contra las de Schwarzenegger ¡Claro que no me molestaba verla por segunda vez! Si además ir a verla con el Tano era la opulencia. Pero aunque la película no me hubiera apasionado en lo absoluto, aunque me hubiera dejado en el páramo más desierto de la apatía, a mi amigo lo hubiera acompañado igual.

Por eso sé que no fue su comentario lo que consiguió irritarme, sino que mi lealtad no fuera correspondida.

Ella subió en la estación de Belgrano R. El Tano estaba muy ensimismado tarareando como para verla primero. Tendría quince años, era rubia y pequeña. Su remera revelaba una deliciosa germinación de busto y tapaba la mitad de su cola una gran mochila estampada con un corazón. La chica avanzó unos pasos con la evanescencia y la torpeza de las libélulas ebrias. Observaba todo con la admiración de quien jamás hubiera visto el artilugio del progreso andando sobre rieles.

En ese momento el Tano volvió en sí. Debe haberme sorprendido en pleno acto de mirarla, porque sus pupilas enormecieron ante mi rostro.

Yo conocía bien el paladar del Tano. Él prefería a las mujeres de una belleza menos tácita. Las que salvan sus atributos concretos de cualquier velo de imaginación y no reparan en gastos de escote. Yo sabía perfectamente que esa chica no le gustaba. Pero él me guiñó el ojo y se levantó de un salto como si realmente le entusiasmara la consquista. Se acercó a ella con caminar recio y la chica se retrajo dos pasos. De todas formas, pronto sus comisuras comenzaron a alargarse. El ruido del tren me impedía escuchar con claridad los chistes del Tano. Sin embargo, por algún azar ignorado, un comentario consiguió hacerse perfectamente audible.

—Venimos del cine —dijo y me señaló sin mirarme—. Lo llevé a mi primito que estaba como loco por ver Rocky IV.

En ese momento la pregunta se me presentó nítida e incontestable. ¿Cómo competir con el Tano? Aún salvando los años que me llevaba, el Tano era un peso pesado. Un oponente lleno de esteroides como el temible ruso de la película. Podía no ser apuesto en el ceñido sentido de la palabra y ciertamente aquella nariz que irrumpía en su cara justificaba la queja. Pero el Tano era poseedor de algo mucho más poderoso. Había desarrollado una increíble habilidad para el chamuyo.

Sus encantos eran tales que le caía bien a las abuelas hostiles, conseguía levantar el toque de queda de los padres severos y hasta era capaz de alcanzar la risa de las monjas en viajes de larga distancia que al resto, a lo sumo, los conducirían hasta Mar del Plata.

¿Cómo se podía siquiera imaginar semejante desafío? El Tano tenía demasiada calle y encima manejaba un hermoso Taunus rojo.

Siempre que al conducir me hallo reclinado en el asiento, viendo pasar la calle como si no me afectara, me acuerdo del Tano. Manejando con su diestra larga y una parsimonia sin baches. No era de correr o quemar embragues. Eso era para los giles. Él deslizaba su vehículo por los ensueños de la Ferrari, sin intentar arrebatarlos con negligencias de pueblerino. Eso era manejar con elegancia, me decía con la soberbia que le otorgaba su camisa de bambula abierta hasta el centro de su pecho. A veces, muy de tanto en tanto para que no malcriarme, me hacía el regalo de un acto mágico. Ponía el cebador, dejaba el auto en cambio y se bajaba a correrlo con la expresión muda del actor al que se le escapa un chancho.

No fue extraño ver que en apenas dos paradas sus dedos ya rozaban esa mejilla indefensa. Ella reía entrecortadamente y bajaba los ojos. Una estación más tarde, el aleteo de su regocijo era jocundo y hacia el final, comenzaba a parecer el zumbido histérico de una plaga.

Por ella nos bajamos antes. Lloviznaba y los pájaros hacían silencio. Los tres nos refugiamos bajo el alero de la estación de San Andrés. Ninguno pronunció palabra. Ella sacó un papel rosa del interior de su mochila con el corazón estampado y se lo entregó tímidamente. Junto a una abejita y su tarro de miel, se hallaba el nombre y el teléfono. Nos saludó con un “Adiós” ligero y la vimos partir. El cabello comenzaba a llenársele de lluvia.

Caminábamos al cobijo de los árboles, por la plaza, cuando vi que el Tano estrujaba el papel y lo arrojaba lejos. Al medio de la calle. No pude evitarlo. Me quedé inmóvil observando ese bollo rosado estremeciéndose en la inclemencia que parecía mordisquearlo con sus pulgas de agua.”

El Sr. R apagó la colilla e hizo silencio. Yo tampoco dije una palabra. Esperé a que prosiguiera. Dos haces de luz, probablemente de un auto que doblaba la esquina con vehemencia, entraron con furia por la ventana. El Sr R frunció el ceño, dió un golpe seco a la marquilla y sacó otro cigarro. Se lo colocó con delicadeza en el lado izquierdo de su boca y lo encendió entrecerrando un ojo.

—Eh, “Cucurucho” me llamó el Tano. Estaba unos pasos más adelante y se me había quedado viendo con la cabeza ladeada y las manos abiertas —dijo el Sr. R bajando su tono de voz como si no quisiera despertar el recuerdo más de lo necesario—. Hacía largo tiempo que no me llamaba “Cucurucho” y en ese momento me sonó tan lejano como ahora. Para mí tuvo un efecto parecido a esas palabras que se pronuncian en las películas y que señalan para siempre, como un emblema, el lugar donde se quedan las leyendas.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

"Si hay frases que se tornan clásicas:
"Siempre nos quedará París" Vivi

Anónimo dijo...

Como siempre, espectacular Mara. Con ese toque y fibra de barrio porteño tan bien logrados. La demostracion de las habilidades del levante solo para el show y causar la debida impresion. En fin, me gusto todo. El lexico hermosamente argentino, aun mas. Un beso. fobio

Diego dijo...

Excelente....
Y aguante Rocky IV

theloro dijo...

Muy lindo. Muy épico tb!

Anónimo dijo...

El relato es de "elegante cotidiano", las imágenes como siempre muy logradas. Voy al paso del texto deslizándome. Me encantan las libélulas, más aún si están ebrias.AnaM

Anónimo dijo...

es la primera vez que paso por aca y me gusto. saludos. Mario

Ariadna dijo...

hola que tal! permítame felicitarlo por su excelente blog, me encantaría tenerlo en mi blog de peliculas .Estoy segura que su blog sería de mucho interés para mis visitantes !.Si puede sírvase a contactarme ariadna143@gmail.com