viernes, 3 de abril de 2009

Fenomenología del Tío Alberto


El tío Alberto era un tipo que disfrutaba de la vida en bata. Hicera frío o calor lo encontrabas bien peinado y con una bebida fresca como parte de su anatomía. Con el tiempo me fui dando cuenta de su relevancia. Los tíos Albertos equilibran el mundo. Le aportan la osadía que muchos de nosotros, pecadores, no podemos siquiera intentar bajo el picoteo constante de la neurosis o la agenda.

El tío Alberto no gozaba de buena fama. El bronceado eterno y el vermouth constante lo hacían blanco de la admiración y el odio de la familia. Su guiño clandestino irritaba a los moralistas y el vasito de alcohol para los infantes no aumentaba su popularidad entre las madres. También se sabía que el tío Alberto, casado desde su juventud con tía Olga, era un mujeriego profesional.

Digamos que el hombre se permitía intercalar su cotidianeidad marital con el tráfico ilegal de amoríos. Era un gran catador de la belleza femenina en sus múltiples formas. Siempre con amplitud de miras y lejano a los prejuicios. Para el tío Alberto no había una mujer fea. En todas encontraba la luz del detalle. Eso que podía ser el indicio inadvertido de una reina.

Ojo, a no confundir a un tío Alberto con un tío Néstor. Definitivamente no son lo mismo. Un tío Néstor es un baboso sin recato, que suele incomodar a púberes de corta ropa con un manoseo innecesario o su mirada caudalosa. Y además lo hace sin darse cuenta. Su animalidad se le escapa de la correa y se esparce inevitable como el perfume fuerte. Si bien este impulso existe en el tío Alberto, es conducido siempre a través de la elegancia y el antiguo arte del piropo. Para él también existían las “minas” pero las llamaba “ángeles”.

En pos de ejemplificar mejor su naturaleza, me gustaría traer a colación a la antítesis dialéctica: el hombre probo y el conductor de noticiero serio. Aquellos que piensan que la vida se puede planificar con Excel y no aceptan que el futuro está más allá de sus manos. Los que gustan decir en voz alta: “ESTO ES UN ATROPELLO” y encuentran el cenit de su gloria en el auto limpio, las promociones de tostadoras y los tours en cuotas.

Nada más lejos del Tío Alberto. Lo suyo era la aceptación de la picardía que llevaba en la sangre. No cualquiera pertenece a esta estirpe de chantas elegantes. Me tomaré la libertad de citar algunos ejemplos famosos:

1-David Niven. Uno de los pocos que puede encontrarse con dos copas de champagne bajo la cama de su amante o en la entrega de Oscars mientras otro señor corre desnudo por el decorado, sin perder su glamour. David es la quintaesencia del hombre imperturbable ante los designios del Cosmos.

2- William Holden. William es el seductor atorrante. Un tipo que lleva una vida colmada de excusas para andar con el torso desnudo. En “El puente sobre el río Kwai”, las hace todas. Usurpa rango de oficial para pasarla mejor, escapa milagrosamente de un campo de concentración y es ayudado por hermosas nativas. En definitiva es el único personaje sensato que prefiere las rubias platinadas a cualquier misión suicida.

3-Michael Cane. ¿Cómo no ver esa cara de truhán que tiene Michael? En “Alfie” saca carnet de vitalicio y se inmortaliza en la película que los padres se escapaban para ver a solas. En “Echale la culpa Río” es seducido por la pulposa hija de su mejor amigo y el resto de la película lo vemos huyendo en pijama por habitaciones de empapelados escandalosos.

4-Y por supuesto Hugh Grant. La última generación de la especie. Sobran los motivos para incluirlo. Minibares, modelos y prostitutas; y lo que para mí es el mejor lema que haya sido develado: “Cuando nada funcione, simplemente sé encantador”.

El linaje de los tíos Alberto es vasto y colorido. Pero a no equivocarse, no todo es color de rouge en sus existencias. También acontecen situaciones en las que preferirían no estar involucrados.

Una tarde de domingo mientras la familia dormía la siesta y tía Olga preparaba sus famosas berenjenas en escabeche, sonó el teléfono.

–¿Diga?

–Hola, ¿está Alberto? – dijo la joven voz de una dama al otro lado del teléfono.

–Está descansando, ¿quién habla? –inquirió la tía Olga con tono firme y apretando el mango del cuchillo.

–Habla Claudia. La novia.

La inflexión de la voz era tan inocente. Cándida como el estereotipo de rubia que los hombres prefieren. La tía Olga que no tenía ni un pelo de rubia, sintió crecer en su interior una oportunidad de venganza. En una fracción de segundo ideó su estrategia y abrió el juego de forma impecable.

–Ah, mire qué bien. Yo soy su hermana –dijo con tono de persona atenta y en una jugada de brillante maestría agregó –Alberto habla mucho de usted. Cuénteme, ¿tiene planes para esta tarde?

La voz dudó un momento, no porque sospechara de la trampa, sino probablemente porque cualquier repaso mental le costaba trabajo. Finalmente dijo que estaba libre.

–Entonces ¿por qué no se viene a tomar el té? Sería un placer conocerla.

Además de ser una gran cocinera, la tía Olga era una excelente jugadora de cartas. Sabía combinar su cinismo de Chinchón con el fuste del palo de amasar. En la calma que precede a la tormenta preparó la merienda más espectacular de toda su historia. Budín inglés, torta de chocolate y masas finas de la confitería más refinada de Devoto. Dispuso todo con pulcritud y esperó.

Los primeros en despertar fueron los niños. Intentaron meter sus dedos en los manjares que se presentaban sobre el mantel de hule pero la Tía Olga, cual Gorgona mitológica, los detuvo con una mirada de piedra. En eso, tocaron el timbre.

Claudia era todo lo que la tía Olga había imaginado. Alta, delgada y con una bufanda de plumas. Después de saludar a los chicos, que al obtener el permiso de comer torta no hicieron preguntas, Claudia comenzó a tomar el té con confianza. Masita tras masita hablaron animadamente de los ronquidos del tío Alberto y del alto precio de los cosméticos. Se intercambiaron secretos de cocina. Discutieron sobre la escasez de fruta abrillantada. Casi se podría decir que congeniaron. Entonces se escuchó un ruido proveninente del cuarto.

–Alberto, tenés visita –dijo la Tía Olga en tono casi maternal.

Cuentan que el tío, aún medio dormido, entró en la habitación con la cara absuelta de quien ha tenido un buen sueño y que al encontrarse con semejante cuadro, dejó de respirar. Se llevó una mano al pecho como si hubiera visto un ñandú carnívoro y fue necesario que se agarrara de la alacena para no caer al piso.

Encontrar a una amante en el living después de una tranquila siesta, es una posibilidad concreta en el universo de los tíos Alberto. Una anécdota más para la que tienen que estar preparados. Si bien nadie conoce el final del episodio de la merienda, sabemos que el tío Alberto continuó tomando sol en su jardín, despreocupadamente. Fumando sus Le Mans desde el ocaso hasta las estrellas. Viendo la danza molecular de los soles y las galaxias desde su cómoda bata.

*Collage: www.lordgaita.com.ar = Profundas gracias, as usual.

7 comentarios:

... dijo...

Impresionante la tía Olga!!! qué temple!

horacerne dijo...

Desbordante de frases originales, plagado de fino humor (inglés?), para terminar en una carcajada cómplice. No puedo menos que felicitar desde mi corazón a una nueva y original escritora!!!
"con una bebida fresca como parte de su anatomía"
"los tíos Albertos equilibran el mundo"
"tráfico ilegal de amoríos"
"catador de la belleza femenina"
Ah,qué Gorgona genial!!! CONGRATULATIONS

Ricardo Capara dijo...

Me encantó esta historia. Contada brillantemente. Qué grande el Tío Alberto. Un dandy que envidio. Quiero ser como él!!

Anónimo dijo...

Muy buenooooo! el ñandu carnivoro y la tia olga lo más!!!! loro

Anónimo dijo...

Excelente, no tiene desperdicio. La utilizacion de un vocabulario narrativo en el contexto del humor "inglés", qué más se puede pedir? Bueno, justamente más, por favor.AnaM

Anónimo dijo...

Muy muy bueno!!!! Aguanten los tíos!!!

Anónimo dijo...

me gusto mucho el relato :)